El nuevo General de los Jesuitas se marca como objetivo ayudar a los desfavorecidos
El nuevo Superior General de los jesuitas, el español Adolfo Nicolás, explicó ayer durante la primera homilía al frente de su cargo, que la principal misión de su orden es anunciar la salvación a la «nación» de «los pobres, marginados, excluidos y manipulados». Nicolás, que fue elegido el sábado Prepósito General de la Compañía de Jesús, comenzó su discurso bromeando sobre los juegos de palabras que en estos días han aparecido en los medios de comunicación al referirse a la elección del nuevo Superior de los jesuitas. «'Papa negro', 'Papa blanco', 'poder', 'murmuraciones' son todo clichés con los que juegan los periódicos pero nosotros estamos aquí para servir a Dios, a la Iglesia, y al mundo», fueron las primeras palabras de Nicolás de su homilía en la Iglesia romana del Gesú. Después, el 29 sucesor de San Ignacio de Loyola señaló que «las verdaderas naciones» a las que hay que anunciar la salvación, no son «geográficas» sino «humanas», e indicó al pueblo de los «pobres, marginados, excluidos y manipulados». También se detuvo sobre el «shock» que le produjo ser elegido como guía de la orden más numerosa de la Iglesia católica, con cerca de 19.200 miembros, y contó como le ayudó a superarlo el «apoyo fraterno y ayuda de sus hermanos». «No te olvides de los pobres», explicó Nicolás, que fue el mensaje más bonito que recibió tras ser elegido de uno los 217 delegados que participaron a la votación. Sigue la Congregación Nicolás recordó que la 35 Congregación general, que comenzó el pasado 7 de enero, continúa y que ahora se verá «donde tiene que ir la atención de los jesuitas» y «cómo tiene que ser su servicio» y «hacia dónde dirigir las energías». «Recemos juntos para nuestra misión hacia las naciones humanamente lejanas», concluyó Nicolás en su corta e intensa homilía, que no leyó, y que pronunció en un perfecto italiano. El nuevo Prepósito contó con humanidad cómo al encontrarse antes de la ceremonia en las habitaciones donde vivió San Ignacio de Loyola y donde aún se sentía su presencia le dieron ganas de escapar. «Sólo que toda las puertas estaban cerradas», bromeó.