CRÉMER CONTRA CRÉMER
Muammar Gadafi I El Sabio
ANDABA EL QUE suscribe por esa edad deliciosa, casi celeste, en la que se tiene fe en todo lo que se ve y en lo que le cuentan a uno. Lo mismo da que se trate de una novísima versión de los Reyes Magos, que ahora deben andar por la España de los conflictos de la Navidad y de la cesta de la compra, que de ese pintoresco señor de Libia, que se hace llamar Muammar Gadafi y que en un tiempo, ya pasado por el filtro político y social, era algo análogo a la aparición de una historieta para dormir a los niños pobres. Tenía aspecto de haberse disfrazado para un desfile de carnaval pero no, era que su naturaleza le inducía a colgar de sus espaldas unas togas a la romana que encendían de entusiasmo el almita de los niños a los cuales el Rey Melchor no había satisfecho. Además se cubría la cabeza con un bonete que hacía concebir la historia del buhonero ladrón, acogido en la Montaña Sagrada. Y no. Nada de libio pintoresco ni de embozado para asustar a los niños. A los que de verdad asustaba era a sus súbditos, porque el tal Gadafi se había hecho con el poder de Libia hasta convertirla en algo así como el patio de su casa. Se hizo gobernante duro y consiguió que los Occidentales, incluyendo a España, le consideraran como un personaje digno de ser tenido en cuenta a la hora de la organización del mundo. A Libia se la conocía más o menos en Europa, por las muchachas estupendas que exportaba el Gadafi para el Molin-Rouge, que se dice en francés macarrónico y para algún becario en ciencias orientales. Pero he aquí, o he allí que los occidentales, o sea nosotros, los españoles, también comenzaron a darse cuenta de que ya que no pudieran dominar a latigazos a los morenos lo mejor era invitarles a visitarles en su tienda de intimidades. Y así se hizo. Los franceses, los ingleses, los alemanes, que se habían quedado con el país de los libios y de los mauritanos y de los cameruneses y de todo bicho que se moviera entre los leones acatarrados y los chimpancés que traducían el Quijote, se volvieron a decir: «Como estos son unos cafres que no saben el llionés, por ejemplo, les incautamos las minas de oro y de diamantes y les echamos monjitas y alguna oenegé que otra. Y así lo venían haciendo hasta ahora. Hasta ahora, digo, en que los occidentales no pueden con la carga de pasajeros en patera y en cayucos y piden ayuda. Y va el Gadafi y retruca: «Negritos para trabajo sí, pero ustedes vosotros deben pagar» «¿Sobre cuento?» preguntó el señor Moratinos, que es el encargado de esta feria humana¿ Y dijo Gadafi, «Pues ustedes vosotros veréis. Si me dais mil millones, que no van a ningún parte, yo prometer que meteré en la cárcel de la villa a todo emigrante que se proponga pisar tierra sagrada de San Eleuterio y Santa Mónica la Viuda, madre de San Agustín». Y en so parece que se está cerrando el trato. Y a mí me parece una desconsideración y un abuso, porque nosotros ni siquiera hemos pensado en invadir Libia, que harto tenemos con Gibraltar y el islote Perejil. Y además, que dado el estado calamitoso en que se encuentra el país del señor Moratinos, coña, si a mí me dieran mil millones de euros o de pesetas en plata, tampoco dejaría que se me escapara ni un emigrante negro o blanco. De lo que se deduce que el señor Gadafi se pasa un pelín y que se ha creído que España es Libia. Y no, coña no. Todavía, no.