Gacetilla
PINCHAN la enorme barriga de esas moles calizas y... sangra la montaña por donde no debe. Hay miedo en los pueblos por los que anda o cruza esa tuneladora que furaca la ancha cordillera con el objetivo de hacer colar por sus entrañas la alta velocidad que soñó Cascos y el casco de Zapatero que se colocó al montarse en esa maquinona para la fotos inaugurales. Hay miedo porque el furaco modifica las venas de agua, los ríos ciegos de cañería oscura y los aljibes que guarda en sus tripas la gran peña por cuyas rendijas se esponja el deshielo, así que en los valles de la Tercia acojónanse cuando ven que el caudal del río Casares ya no parece el mismo, que manatiales que fueron borbotón son ahora meadina de querubín, que las fuentes bajas no lloran igual y que allí están alterando el diálogo de murmullos que tienen en su caer por las laderas unas reguerillas y unas «trapiellas» (nombre asturcón para los arroyos que no se agostan en el estío) que ahora hablan sotto voce ... o no hablan. A esos pueblos que son dominio de la nevadona y del pasto encharcado tendrán que subirles el agua en botijos con ruedas -camiones cisterna- como ya ha venido ocurriendo ultimamente. Nadie comprende cómo es posible que no tengan agua en esos pueblos cuando el estiaje llegue con su agostadura en los meses del saltipajo, máxime en un año roña y sin nieves como este que no recargará pertinentemente la despensa oculta de las montañonas (ya verá usted, jefe, cómo tendremos que dar a las vacas gaseosa y galletitas) Le echan todas las culpas a esa tuneladora que rompe de a hecho lo que pilla en su rectilínea voracidad. Me dicen que el tema no salta a las noticias o lo hace en cojo y en mudo sin pasar de gacetilla lateral; que no conviene saber lo que se perpetra; que hay muchos intereses en no obstaculizar el triunfo infraestructural y... que aquí paz... y en campaña, gloria. Sobre lo que estamos haciendo a ríos y aguas, fuentes y cauces, nos llevará a juicio la historia (tranquilo; la historia es algo putilla y se deja meter mano, la retocamos un poco, le metemos un Real de León, dos ordoños y tres ordeños y lograremos en este pleito que ya tenemos perdido librar las costas y la picota donde debería tener su despacho más de uno). Mientras, esas peñas lloran ahora sus aguas... padentro.