Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

El programa de Jesús

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Este domingo la liturgia nos propone uno de los textos evangélicos más conocidos: las Bienaventuranzas. El Papa Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, las comenta. Entresacamos algunas de sus afirmaciones. En primer lugar, Jesús se sienta, hace del monte su cátedra y enseña, con lo cual todo el que lo escuche se puede convertir en su discípulo. O lo que es lo mismo, para ser cristiano lo que realmente cuenta es la escucha y el seguimiento de lo que Jesús dice y hace. Igual que en el monte Sinaí los hebreos recibieron la Ley de Moisés, desde otro monte Jesús presenta su «ley», su programa de vida, que no viene a abolir los mandamientos, sino a profundizar en ellos. Las Bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura. Cuando el ser humano mira con los criterios divinos que Jesús propone, entonces vive de otra manera, es capaz de descubrir y vivir incluso la alegría en la tribulación; los que son capaces de decir, con san Pablo, «Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los sentenciados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen» (2 Co 6, 8-10). Las Bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo de Cristo y se proclaman en la vida, en el sufrimiento y en la misteriosa alegría y esperanza del discípulo que sigue de cerca al Señor. Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y de la resurrección a la vida del cristiano; la suerte de Jesús se extiende a todo el que lo sigue, a todo el que vive a su estilo. Por otro lado, las Bienaventuranzas son como una especie de biografía de Jesús. Él, que no tiene dónde reclinar la cabeza, es el auténtico pobre; él, que es sencillo y humilde de corazón, es el realmente humilde; él es verdaderamente puro y por eso contempla a Dios sin cesar; es constructor de paz; es aquel que sufre por amor de Dios. Por eso las Bienaventuranzas señalan el camino de la Iglesia, el camino que debe recorrer cada cristiano. El programa del Sermón de la Montaña, aún sin ser un programa social, nos recuerda que sólo donde triunfa la donación al prójimo como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia. Y la Iglesia en su conjunto debe de ser consciente de que ha de seguir siendo reconocida como una comunidad donde tienen cabida, de una forma especial, todos los apaleados y maltratados por la vida y el egoísmo humano. Toda renovación eclesial parte sólo de aquellos que viven la humildad y la bondad dispuesta al servicio. Por eso los santos son los mejores narradores de la Escritura: cualquier expresión se hace mucho más comprensible a través de la vida y del testimonio de aquellos que se dejan ganar y convencer por ella y la ponen en práctica. He aquí un reto para nosotros: hacer creíble hoy con nuestra vida el Evangelio de siempre.

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