Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

La tabernera del pueblo

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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QUISIERA CONTAR UNA HISTORIA, que a lo mejor tiene su correspondiente aplicación en la vida que nos toca soportar con paciencia y resignación cristiana. Y es que érase que se era una mujer nacida y criada en un pueblecito entre minero y ganadero de esta nuestra provincia, lo que ayuda a comprender cómo transcurría la vida en general. Se llamaba la mujer Micaela y había quedado viuda cuando aquello de la guerra civil: vinieron al pueblo unos chicos de la capital y sin pedir ni dar explicaciones cogieron al marido de Micaela y se le llevaron. Dijeron que para unas declaraciones, pero el caso fue que nunca más dieron cuenta de su existencia. Desapareció sin dejar rastro. Y la pobre Micaela le lloró hasta que se le reventaron los ojos. Y quedó tan sola y desamparada que no encontró solución a su tremendo problema como no fuera montar una tabernilla. Y sirvió a la clientela peregrina que hacia la taberna llegaba a consolar sus penas que en poco tiempo la Tabernera del Pueblo, la Micaela la vida, y su establecimiento alcanzó tal categoría que hasta el médico se permitía un alto en el camino para hablar de política. Con el discurso del médico la mirada consiguió atraer al boticario y el más rico del poblado, con dos vacas y una yegua en patrimonio. Así, al paso del tiempo y de los hombres, se llegó a proclamar la taberna de la Micaela como centro cultural y político de la zona, y en ella se celebraban asambleas libres, independientes y abiertas para todos los vecinos. Hasta que llegó un maestrillo joven y renovador que se inventó lo de promover diálogos, tertulias y contrastes de pareceres, teniendo como lemas de sus confrontaciones, la situación de la zona que habitaban, los problemas que traía aparejada la tierra y sus frutos y, claro es, las ideas o lo que fueran lo que los políticos de la capital debatían y extendían en los periódicos. Llegó un momento histórico tan ilustrado, tan avanzado y tan contradictorio al mismo tiempo, que para esclarecer las muchas dudas que tenían los contertulios de la tabernera del pueblo, solicitaron la presencia de alguno de aquellos sabios que en la capital ponían la bandera a todos los asuntos. Y todos los domingos y fiestas de guardar se celebraban tertulias, confrontaciones y debates. Así un día y otro día, durante meses, hasta que se anunciaron elecciones para relevar tal vez a los representantes de la zona en las Cortes, en las Asambleas generales, en los organismos de los que partían los batallones de electorales y elegidos. Y la taberna de la Micaela se convirtió en un maremágun, que decía el médico; en un barullo, que afirmaba el veterinario, en la Casa de Tócame Roque, que se lamentaba la tabernera. Hasta que hubo que clausurar el tinglado y conceder libre albedrío a todos y cada uno de los gloriosos tertulianos de la Taberna del pueblo. Porque, -explicaba el Registrador de la propiedad con casa puesta para el verano en el pueblo- era necesario explicar con claridad y con verdad las cosas y controlar el precio de los productos de la tierra, como la leche, los huevos, los garbanzos y los ajos, porque no se necesitaban mandantes que hacían una parada obligatoria en la taberna, sino la unión y el entendimiento de todos los vecinos, sin necesidad de dar tres cuartos al pregonero, sino dedicando al interés común del pueblo a todos aquellos que efectivamente estaban interesados en su prosperidad y en su posible felicidad. El último capítulo fue dramático: Se suscitaron tales peleas que tuvo que intervenir la Guardia Civil. Y por un principio de sanidad pública hubo que cerrar la taberna¿

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