Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

Una fuente que salta a la eternidad

Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Seguimos hoy al siempre actual San Agustín en su comentario sobre el evangelio de mañana. Llegó Jesús a una ciudad de Samaria, de nombre Sicar, cerca del predio que Jacob dio a su hijo José. En él estaba la fuente de Jacob (Jn 4,5-6). Jesús, fatigado del viaje, estaba sentado sobre el brocal del pozo. Era aproximadamente la hora sexta. Ya comienzan los misterios. Pues no en vano se fatiga Jesús; no en vano se fatiga la Fortaleza de Dios; no en vano se fatiga aquel que nos restablece cuando nos hallamos cansados; no en vano se fatiga aquel cuyo abandono nos fatiga y cuya presencia nos fortalece. De todos modos, Jesús se fatiga; y se fatiga del viaje y se sienta; y fatigado se sienta en el pozo, a la hora sexta. Todo esto quiere sugerirnos algo, quiere indicarnos algo; reclama nuestra atención y nos invita a detenernos. Jesús se ha fatigado en el viaje por ti. Vemos que Jesús es la fortaleza y le vemos débil; le vemos fuerte y le vemos débil. Fuerte porque en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. La fortaleza de Cristo te hizo y su debilidad te rehizo. La fortaleza de Cristo ha llamado a la existencia a lo que no existía; la debilidad de Cristo ha impedido que se perdiese lo que ya existía. Con su fortaleza nos creó, con su debilidad nos buscó. Vino Jesús y, humillándose, llegó hasta el pozo. Llega fatigado, porque lleva sobre sí el peso de la débil carne. Llegó hasta el pozo, porque descendió hasta lo profundo de nuestra morada. Y llega una mujer. Es figura de la Iglesia, aún no justificada, pero a punto de serlo: éste es el tema de conversación. Está lleno de significado el hecho de que esta mujer, que figuraba a la Iglesia, procediese de un pueblo extranjero para los judíos; en efecto, la Iglesia se formaría de los gentiles, que los judíos tenían por extranjeros. Escuchémonos, pues, nosotros mismos en su persona, reconozcámonos en ella y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Le dice Jesús: Dame de beber. Pero, en realidad, quien le pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer. Escucha ahora quién le pide de beber. Jesús le responde y le dice: si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguramente se lo hubieras pedido tú a él y él te hubiera dado agua viva. Pide agua y promete agua. Se manifiesta como necesitando recibir y al mismo tiempo como desbordante para saciar. ¡Si conocieses el don de Dios! El don de Dios es el Espíritu Santo. Todavía le habla Jesús veladamente, pero poco a poco va entrando en su corazón. Lo que Jesús realizó con la samaritana, continúa haciéndolo con los que se preparan para el bautismo y con los fieles, con la Iglesia, actualizando en cada celebración el misterio de su Pascua para nosotros.

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