Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

A punto de ser inmigrante

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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LOS MÚLTIPLES AZARES de la vida humana no son previsibles: una cosa es la devoción, la vocación y la afición y otras el resultado de los miles de acentos de nuestra música íntima y del orfeón que conforman los demás miembros de la comunidad. O sea, el Yo y la Circunstancia de Ortega. De modo que allí andaba el corresponsal que me escribe con su vida a cuestas, sin poder levantar cabeza, cuando se le antojó que su vida sería muy otra y por supuesto más feliz que esta desazón en la que vivía, siempre alarmado porque los tiempos no estaban para gestos heroicos sino todo lo contrario; digo que cuando ya tenía metafóricamente la soga al cuello, pidió auxilio y una de las almas más piadosas le aconsejó que emigrara. ¿Qué podía perder en la aventura? Solicitó ayudas para el viaje y no obtuvo respuesta. De modo que acabó por atarse de cuello y corazón a la tierra que le había acogido en el primer tanteo aventurero. Llegó a la tierra que consideraba de promisión, sin salirse de los muros de la patria mía, que decía Quevedo y comenzó a llamar a todas las puertas. Terminó el fugitivo como la sagrada familia, pero en solitario, en un pajar, a la espera del milagro. Porque todos los que buscan la vida en otra parte, se encuentran con que no hay más vida que la que uno se puede conquistar echándole sangre, sudor y hierro. Y lo que pedía era tan solo una vivienda, y un trabajo, y un lugar al sol que más calienta. Y nadie respondía a sus quebrantos y fue entonces cuando llegó a la conclusión de que la Humanidad estaba compuesta solamente por gente egoísta, cruel, sorda a cualquier requerimiento. Y objetivamente concluyó sus reflexiones con la denuncia de que el hombre verdaderamente era un lobo para el hombre. Y no tenía razón el demandante porque no existía ninguna ley, ningún principio, ningún sistema que garantizara bienestar, salud, dinero y amor, por el mero hecho de solicitarlo, dado que también en aquel lugar en el cual se disponía a montar su vida existían gentes numerosas hambrientas, sin vivienda, sin dinero, sin que le conmoviera la miseria y el dolor de los inmigrantes, de los náufragos, de los sin patria y sin esperanza. Porque si el fugitivo de las hambres y de las miserias totales se consideraban abandonados, lo mismo sucedía con los habitantes originales de aquel lugar, al que acudía para remediar sus carencias. La gente oscura, los gitanos de Rumanía y de Hungría, los tanzanios y los moriscos pobres levantaban la voz solicitando ayuda porque, decían, también ellos eran humanos y necesitaban un lugar donde vivir y morir con dignidad. Tenían razón, pero también la tenían los nacidos en aquella tierra de la esperanza, también tenían necesidades y carencias elementales. ¿No era natural entonces que los habitadores del lugar de acogida fueran preferidos a los llegados abruptamente como mercantes del océano Atlántico en la misericordia oficial? El problema era grave, y el peregrino doliente lo comprendía, pero su situación no era cuestión de razones técnicas ni siquiera administrativas, sino de sentido derechamente humano, que -¡ay!- la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Lo tremendo de la situación consistía en que ni para los unos ni para los otros tienen los males remedio y para merecer los afectos del milagro, lo esencial es creer en los milagros. La misericordia es ciertamente una virtud, lo tremendo es que no se puede practicar la misericordia sin dinero¿

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