Diario de León
Pedro García Trapiello

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EL LABRADOR es fatalista; el labrantín, ingeniador. El labriego antañón fiaba su terrón sediento a novenas y rogativas; el agricultor fía su horizonte al «intellectus apretatus, discurrit que rabia». El uno reza a los cielos o ruega al Estado, pero el otro inventa gateras para escapar de la fatalidad de nubes secas y vientos de sol con brasa que convierte en ladrillo el surco. Uno y otro dependen del agua, pero sólo uno la procura: el que tiene aljibe, el que hizo pozo, el que apresó el caudal que se pierde río abajo. El que reza tendrá a quien culpar de sus desdichas y securas mientras se arrellana en el banco delantero de la parroquia del rogar. El que encara sus días «con el mazo dando» sólo culpará al cielo después de absolverse a sí mismo tras haber hecho lo imposible. Dicen que tras el acatamiento de provindencias y de la resignación del azadón de secano se esconde cierta vagancia, una santa indolencia, la falta de emprendimiento. El agricultor que sueña con acequia y mejoramientos sabe que trabajará el doble, pero en las noches que le toque regar verá despierto cómo se cumplen sus sueños... ¿De qué tipo de labradores, labrantines, labriegos y agricultores están hechos nuestros campos, estos que aquí ves, oh Fabio?... ¿Qué sed mueve a sublevarse y cuála sed invita a derrotarse o a mecerse en la ruina lenta de la secura narcótica?... No hay agua. Se anuncia que el campo leonés se aboca a la ruina por faltar este año el riego que siempre nos fue tan generoso, que siempre se hizo «a manta» anegando con charquera y despreciando lo sobrante. ¿Será por agua?... Agua va... Pero el agua no viene. Sacarás en rogativa a todos los santos del templo... y tendrás que tirarlos al pilón para que al menos se les moje el manto. «Si os empeñáis en que hagamos una rogativa - replicaba el párroco a la cofradía de labradores-, adelante, la hacemos; pero para mí que no está de llover». Se anuncia crisis económica porque lo mandan de afuera (es internacional, alegan), pero casa labradora no pasó mayor penuria en tiempos flacos de racionar y medirse. Sin embargo, esta vez el terrón se suma al pánico del ladrillo. Malo. Ingenia, rapaz. O te pones a hacer aljibes y presas... o dos años como este acabarán convirtiendo tu campo en rastrojo y a nosotros en putas.

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