Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EN LOS AÑOS SESENTA del pasado siglo hubo en Ponferrada una pequeña generación de escritores. Yo conocí a algunos, tiempo después. Y me hablaron de su entusiasmo, de su ilusión, de su juego, de su verdad. Y de su pacífica, inocente mentira. El paso decisivo lo dieron una noche, en la que les dio por beber anís «Turca», de Bembibre. Fue en el Café Central, que estaba en la plaza de Lazúrtegui. Allí se confesaron su pasión y desnudaron sus sueños. Eran dos hombres y dos mujeres. De la lírica. Cada uno escribía por su cuenta, pero nadie lo había reconocido hasta aquella noche. Ni siquiera Mario Nave lo sabía de su mujer Ada Abano. Ni ella de él. Ada escribía en casa, mientras él trabajaba de ingeniero en la Térmica. Por su parte, Mario hacía versos en la oficina, en las largas tardes de poca labor. Y dejaba los poemas en una carpeta azul que ponía: «Varios». Ella guardaba los versos debajo de la máquina de coser. Que no era Singer. Por una vez una máquina de coser no era Singer. En la noche mágica del Café Central, Mario y Ada reconocieron ante su cónyuge y sus amigos que aquel sueño les venía de muchachos, desde el colegio. Y, por lo que dijeron, la vocación se reabrió cuando el matrimonio ya era un bello fracaso. Como casi todos decía él; como todos, decía ella. Porque el amor era otra cosa, aceptaban ambos. Ya lo venían afirmando en las tertulias del Café Central. El amor era morir por amor, ser insensato, ser libre, ser loco. Y saber que muerte y alma, y sexo y transgresión eran lo mismo. Mística y luz. Y todo eso lo decían ellos dos, Mario y Ada, sin saber que eran amantes dos a dos de los otros miembros del cuarteto. Ada, de Luis Vimenor, que era catedrático de literatura en el instituto; soltero y de Cantabria. Y Mario Nave, amante de Santa María de Lar, una mujer de noble familia gallega que vivía en Ponferrada sola y viuda, con rentas y con varios hombres que la amaban por días. Y alguno por partes. «Pero en realidad no me aman», decía Santa María de Lar. «Ellos solo vienen a lo que vienen, y a lo que a mí también me gusta, es cierto. Pero en el fondo estoy sola. Siempre sola». Aquellos cuatro poetas empezaron a publicar sus versos en revistas comarcales. Luego cada uno editó su propio libro, a cuenta propia. Alguno perseveró, como Mario Nave, que ganó varios premios de pequeño relieve, muy esparcidos por la geografía nacional. Los demás no iban a premios ni publicaban nada, pero continuaron escribiendo a solas, y amándose con mayor cautela que antes, pero sin renunciar a aquellas mieles que solo gentes febles y erróneas podrían tachar de prohibidas. Hasta que un día supieron que todos estaban unidos, íntimamente, sí. Y les hizo gracia; les pareció bien. Porque ellos eran liberales, sabían mucho del amor y de la vida. O eso creían. A partir de entonces organizaban fiestas de literatura y amor en la casa del matrimonio Nave-Abano. Y venían otras gentes del arte, algún periodista y, -cuando estaba de vacaciones- un violinista de la Filarmónica de Viena que se casó con una chica de Bouzas. Y hubo orgías, contaban, y también emociones intensas, de mucha espiritualidad y erotismo. Y así la vida era feliz y no lo era. Y Ponferrada una ciudad que parecía de Albania, al fondo de todo. Porque ellos vivían en el gran mundo del amor y de la palabra poética. Mario Nave murió en un accidente de aviación en 1983. Dos años después lo hizo Luis Vimenor, a quien arrebató una ola en Llanes, mientras pescaba percebes. En cuanto a Santa María de Lar y Ada Abano viven juntas, en Ponferrada. Tienen una casa muy linda, cerca de Ciudad Jardín. Septuagenarias, poca gente les conoce. Pero yo siempre que vuelvo a la ciudad las visito. Hablamos de dioses y cuerpos. Y de almas y de bellos demonios.

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