El Coco existe
CONTRA vileza, garrote. Anda España espantada con el terrible crimen de la niña Mariluz y con ese tiparraco asesino que confesó la atrocidad y del que ahora sabemos su biografía de crimen impune y de abusos venializados que no logró atajar el pantano de nuestras leyes y papeleo judicial, ante lo que, sublevando el grito, se amotina un pueblo airado con la sangre nublando el cerebro y con ganas de incendiar la razón, el coche celular del detenido o un juzgado con todos sus tiquismiquis dentro. Hay no pocas niñas en la edad de Mariluz que todos estos días denotan, sin saber qué, algo raro y tenso en el aire de casa y del entorno, algo que a sus papás les sobresalta viendo teles o leyendo diarios. A sus mamás las ven aún más nerviosas cuando se cruzan o están con amigas; intercambian gestos de horror o cuchichean detalles, describen miedos. Esas niñas no saben por qué ahora no las dejan solas más allá de cinco metros ni cuando las llevan al parque. Y es que, ante noticias de pederastias criminales, no hay madre que no vomite el corazón por la boca o le sacuda un calambrazo que sube hasta la nuca extraviando el respirar. El padre de la víctima clama preguntándose a quién preguntar. ¿Por qué pasó, quien tiene la culpa?... A esa niña la mató un imperdonable cabrón al que alguien no ayudó a atarse una piedra de molino al cuello y tirarse a un pozo la primera vez que abusó de una cria... la mató una montaña legalista con esquinas y considerandos, indolencias judiciales, funcionarios rebotándose culpas... y la mató este tiempo de gozo voraz con licencia y de exaltación pública del espanto, de lo feo, lo grosero, lo vil y lo chillón tan predicado y celebrado en medios, culturas, artes... y partes. Lo bronco, lo tarado, lo freaky o lo delincuente tienen su cuota de audiencia... y de imitación. ¿Alguien lo duda?... Hay contagio. Nos pasma el creciente número de sucesos con pervertido al fondo... y nos aterra el tamaño del crimen y la imposibilidad de aminorarlo, atajarlo. Bien al contrario, se diría que estamos escribiendo el prólogo de una locura bestial. Y hemos averiguado (tarde) que el Coco existe; es monstruo y no lo parece; incluso muchas veces tiene cara de angelote o de monitor... Así que, duérmete, mi niña, que viene por tí... No oigas, no mires, no te espantes...