LITURGIA DOMINICAL
La fuerza y el don del Espíritu
En el día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió con potencia sobre los apóstoles; de este modo comenzó la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús mismo había preparado a los once para esta misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección. Antes de la ascensión al Cielo les pidió que se quedaran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo, en espera de este acontecimiento prometido Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra respuesta se necesita su iniciativa. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el aliento sabio y providente de Dios. Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo (el viento y el fuego) recuerdan al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y había firmado su alianza. La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se manifiesta con la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los apóstoles. El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos. El Espíritu es el Amor en plenitud, fundamento de la misión. Eso es Pentecostés, el fruto abierto de la Pascua: Cristo vive para siempre y su vida nueva llega hasta nosotros. Es una llamada a ir siempre adelante. En cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Jesús nos lo dice muy claro: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Porque eso es el Espíritu: es el que nos convierte en continuadores de la tarea que el Padre encomendó a Jesús.