Diario de León

Diario de una aventura Desafío extremo Volcán Sangay

De la selva a los Andes

Pantanos, lodazales, barro, lluvia, ríos, mosquitos y horas de caminata por la selva. Así durante días para alcanzar la base de este esquivo volcán, en mitad de ninguna parte

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Jesús Calleja
León

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Hola amigos: os escribo desde la tercera ciudad más grande de Ecuador: Riobamba. Es la capital de la región de Chimborazo, donde se encuentra la mayor altitud de Ecuador, un volcán apagado del mismo nombre y 6.310 metros. Pero antes os diré cuál ha sido mi periplo desde la última crónica. Como os contaba, mi estancia en la capital de Ecuador, Quito, fue muy placentera. Es tranquila y sus gentes son muy amables, pero llegaba el momento de ponerse en marcha. Como, la verdad, esta expedición no la había preparado, decidí alquilarme un coche 4x4, algo obligatorio si quiero moverme por un territorio tan complejo geográficamente y todavía más complicado por las fuertes lluvias que no han cesado en los últimos cuatro meses. De hecho, dicen que son las más fuertes de los últimos cien años. Incluso el aeropuerto ha sido cerrado a los dos días de mi llegada al quedar completamente inundado por las lluvias torrenciales, y eso que este país está acostumbrado a fuertes lluvias, pero este año son excesivas, y han destrozado el setenta por ciento de las carreteras de Ecuador. Con mi flamante Toyota Land Cruisser me puse en marcha en una larga jornada de ocho horas camino a la selva. La ruta comenzó en Quito y continuó primero al norte para conocer un lugar llamado La Mitad del Mundo, que es justo donde pasa la línea del ecuador. Es curioso este emplazamiento porque se puede poner un pie en el hemisferio norte y el segundo pie en el hemisferio sur. Después, un continuo subir y bajar collados, algunos de más de 4.000 metros, bajo una lluvia que en ocasiones me obligaba a detener el vehículo. La lluvia en estas latitudes ecuatoriales es brutal, parece una cortina de agua. Luego llega un continuo descenso hasta las partes más bajas de Ecuador, a 600 metros sobe el nivel del mar. Estoy en la selva, en la cuenca alta del Amazonas, donde se encuentra el río Napo, uno de los afluentes más caudalosos del río Amazonas. Alcancé esta cuenca después de transitar por pistas medio destruidas, grandes extensiones de barro y agua, donde conducir exige la máxima concentración por los abismos que terminan en ríos embravecidos de color chocolate. Pero ya de noche alcanzo mi objetivo: Misahualli. Me alojo en unas cabañas junto al río Napo, donde la humedad es terrible, y el calor de la selva te hace sudar continuamente, mientras eres atacado por nubes de mosquitos, entre los que vuela y pica el anofeles, transmisor de la malaria. Me unto de repelente y a pasar la noche en una hamaca. Es un lugar relajante, extraño, pero cautivador, no hay ruidos de civilización, sólo ruidos selváticos de ríos caudalosos, el crepitar de la lluvia feroz y mil y un sonidos propios de la selva. Sudo, chorreo agua por todas partes, y tengo mogollón de picadas. Espero que alguna no sea del anofeles y me trasmita la malaria. No llevo protección contra esta terrible enfermedad, aunque sí medicinas adecuadas por si me entrara. Durante el periodo que estoy en la selva contacto con una persona local que se llama Hoto, y junto a dos quichuas más nos adentramos en los afluentes del río Napo, para conocer de cerca a lo nativos de esta selva, los quichuas y huaronais. Logramos contactar con los primeros, pues para los últimos se requiere de muchos días para llegar a verlos en las profundas y espesas selvas de esta parte del Amazonas. Parto para iniciar mi primera jornada de sufrimiento, y nunca mejor dicho: pantanos, lodazales, barro, lluvia, cruzar muchos ríos y torrentes sin puentes, mosquitos, diez horas diarias de caminata por la selva y agua por todas partes. Así durante varias jornadas sólo para alcanzar la base de este esquivo y alejado volcán, en mitad de ninguna parte. Os seguiré informando. ESCRIBE: Siga la aventura en: www.jesuscalleja.es

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