LITURGIA DOMINICAL
Corpus Christi
EN la fiesta del Corpus Christi, la Iglesia revive el misterio del Jueves Santo a la luz de la Resurrección. En la procesión del Jueves Santo, la Iglesia acompaña a Jesús al monte de los Olivos: la Iglesia orante siente el vivo deseo de velar con Jesús, de no dejarle solo en la noche del mundo, en la noche de la traición, en la noche de la indiferencia de muchos. En la fiesta del Corpus Christi, reanudamos esta procesión, pero con la alegría de la Resurrección. El Señor ha resucitado y nos precede. La procesión del Jueves Santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el «vía crucis». La procesión del Corpus Christi, por el contrario, responde simbólicamente al mandato del Resucitado: «Os precedo en Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo». Ciertamente la Eucaristía, para la fe, es un misterio de intimidad. El Señor ha instituido el Sacramento en el Cenáculo, circundado por su nueva familia, por los doce apóstoles, prefiguración y anticipación de la Iglesia de todos los tiempos. Sin embargo, de esta intimidad, que es un don sumamente personal del Señor, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de los muros de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor se encuentra siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se muestra en la procesión de nuestra fiesta. Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida cotidiana, a su bondad. ¡Que nuestras calles sean calles de Jesús! ¡Que nuestras casas sean casas para él y con él! ¡Que en nuestra vida de cada día penetre su presencia! Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una bendición grande y pública para nuestras ciudades y pueblos: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. En la procesión del Corpus Christi acompañamos al Resucitado en su camino por el mundo entero y, de este modo, respondemos también a su mandato: «Tomad y comed¿ Bebed todos». No se puede «comer» al Resucitado, presente en la forma del pan, como un simple trozo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de «comer», es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es mi Creador y Redentor. El objetivo de esta comunión es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a quien nos precede. Adoración y procesión forman parte, por tanto, de un único gesto de comunión. Responden a su mandato: «Tomad y comed».