| Crónica | La Expo echó andar |

Sol y cierzo para el primer día

El día uno de la Exposición de Zaragoza fue una jornada marcada por la ausencia de prisas y por la fluidez de entrada del público. Quedan tres meses y habrá tiempo para todo

El presidente mexicano, Calderón (centro) brinda con Moratinos

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Arantza Prádanos - zaragoza
León

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La primera competición de la recién inaugurada Expo de Zaragoza la ganó una lugareña. Araceli González madrugó y obtuvo su premio: ser la primera visitante de la muestrael día de apertura al público. «Tengo taquicardia y todo», decía al bosque de micrófonos y cámaras que la rodeaba. Llegó a los tornos de uno de los accesos a las ocho de la mañana, 90 minutos antes de la hora. «Estábamos solos el guarda de seguridad y yo», dijo emocionada. Luego la cosa se animó y hubo carreras entre los tempraneros para ser el primero en cruzar el umbral. «Como zaragozana y después de tanto tiempo tenía mucha ilusión», confesó. Pese a estas escaramuzas de par de mañana, el día uno de la Expo fue una jornada sin prisas. El público entró con fluidez, sin agobios. Quedan tres meses y habrá tiempo para todo. A las dos de la tarde habían entrado en el recinto 12.404 personas. Todavía muy lejos de las casi 90.000 diarias que la organización espera en los momentos álgidos. No hubo aglomeraciones pero las primeras colas se formaron pronto. La gente sabía bien a qué venía. Blanca e Isabel, pensionistas de Barcelona, llegaron flechadas al pabellón de España. «Llevamos aquí 15 minutos, a ver qué hay dentro». El edificio, del arquitecto navarro Patxi Mangado, es uno de los favoritos de la Expo. Semeja una chopera de las tierras del Ebro. Decenas de pilares estriados de barro rodean un ejemplo de lo que se conoce como arquitectura bioclimática. También tocaba esperar para visitar el acuario fluvial, uno de los mayores del mundo; el pabellón regional, una carcasa metálica trenzada al modo de un cesto de frutas de Aragón y, por razones incomprensibles, el pabellón de Alemania. A primeras horas de la mañana algunos espacios permanecían cerrados, caso de Marruecos. Otros reflejaban la penuria del país o las prisas de última hora que han rodeado las obras y los remates de la Expo. El de Afganistán lucía por todo contenido unas fotos, cortesía de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), una alfombra y paredes y expositores vacíos. Nadie se lo tuvo en cuenta. Hay chinos por todas partes -su delegación viene a tomar nota para la Exposición de Shangai 2010- y más periodistas acreditados que en la guerra. Unos 700 de medio centenar de países. La jornada inaugural todavía sirvió recuelos de la presencia institucional e internacional de la víspera. Después de unas semanas previas peleada con la climatología, la Expo echó a andar este sábado con sol y cierzo. «Se agradece, la verdad, aunque ya verás el calor que vamos a pasar cuando apriete». El agua es el hilo conductor de los pabellones y los foros de debate, y ese elemento lo mismo sirve para promocionar las bellezas turísticas de Euskadi, Castilla-León, Extremadura y demás espacios autonómicos, que para alimentar la profusión de montajes audiovisuales desplegados en los pabellones temáticos. Mucha electrónica, mucha tecnología digital en coexistencia pacífica con versos de Shakespeare, máximas de San Francisco de Asís y letras de Joan Manuel Serrat - «agua, barro en el camino, agua que esculpes paisajes, agua que mueves molinos» -repartidos a la entrada del pabellón-puente, uno de los emblemas de la muestra. Como sea, ha pasado el tiempo de los políticos y de los organizadores. La Expo está en marcha y es ya de la gente. Un mundo a escala con claves propias. «¿Estáis en Suecia? Pues no os mováis que salgo de Bali y os recojo», gritaba por el móvil una madre a sus hijos. Bienvenidos a la Expo.

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