CORNADA DE LOBO
A volar
SAN JUAN levanta el nido y manda a la prole emplumada a volar. Se acabó el vivir de pico. A buscarse la vida. Se deja el nido... y ya no se vuelve. Los pájaros no tienen casa después; se cobijan por ahí. El nido es sólo para criar, mayormente. Los tordos duermen bajo tejas y tenadas, los vencejos a tres mil metros de altura, las cigüeñas solteras en pináculos... y el chochín por los bajos, como pide el nombre. Despedí el curso del instituto Vía de la Plata de La Bañeza con charleta ida a cerros y oteros. Hablé de recuerdos pajareros del verano, de estampas como la de un chaval de mi barrio que tenía una mortal precisión en la pedrada con tirador y volvía a su casa muchas mañanas con una percha de quince o veinte pardales que eran carne de cazuela devorada con fruición porque allí sólo entraba medio jornal escaso... o las mañanitas de liga y vareta para cazar jilgueros (lúganos y verdecinos en invierno)... o el paisano de Villaobispo que nos daba una peseta por cada nido de pega que le llevábamos, operación que suponía trepar a los chopos, cimbrearse allí con cangurria y apear esos nidazos de palos enzarzados con broza y barro sin que se rompieran (o el jambo no aflojaba la recompensa por creer que los atropábamos del suelo y los inventábamos)... o la caza nocturna de la pajarada que dormía en las hiedras espesas colocando al pie una lata de azufre hirviendo tufarada... salvajadas, en fin, que entonces no sólo eran veniales, sino que constituían a veces hazañas a consignar. Lo de asaltar con nocturnidad palomares y campanarios eran delincuencias mayores. Y hablando de pájaros les propuse a los bachilleres bañezanos tarea para esas vacaciones que siempre empiezan con algarabía, siguen con tedio y acaban con ganas de volver a clase, a la peña y al patio; tarea atractiva, a saber: ir a pájaros, pero no para apiolarlos, sino capturarlos con mirada prismática y anotaciones a fin de ir descubriendo la pajarada del lugar e ir coleccionándola en vistazos. Hacen falta observadores de ojo fino para inventariar todo lo que nos traerá el cambio natural y la recolocación de las especies. Y porque en la mochila veraniega de todo guaje deberían ir unos binoculares, una guía naturalística, una libreta de anotar, una novela de devorar, una armónica y un ajedrez con damas para no andar ni jugar nunca solo.