Empezó desconocido y descolocado. Ni subía ni tapaba en la banda derecha. Luis Aragonés nunca perdió la confianza en el sevillano, que acabó por recuperar su mejor nivel.
Después de una temporada gris, más de uno desconfiaba de la aportación del barcelonista. Desde el pitido inicial del primer partido, frente a Rusia, disipó los recelos. Mandó en la retaguardia, corrigió más de un desajuste y apostó en todo momento por un fútbol pragmático.
Se podría decir lo mismo que de su compañero en el centro de la defensa. Ha hecho bandera de la fiabilidad y la sencillez. Sobresalió por su colocación y por su capacidad para leer las llegadas de los rivales. Eso le permitió anticiparse y atajar el peligro con unos segundos de antelación que nunca son ponderados en su justa medida.
Esperaba con ganas su participación con el combinado nacional en una fase final de un gran campeonato, después de haber tenido una presencia casi testimonial en el Europeo de Portugal. No le ha pesado la responsabilidad. Se fajó con acierto en tareas de contención, midió sus incorporaciones al ataque y añadió el plus de algunos pases largos que hicieron mucho daño a los rivales. Fue el dueño del lateral izquierdo.
La revelación. Capataz y arquitecto. Llegó para suplir la baja de Albelda como piedra angular en el sistema de contención. Cumplió con ese cometido, pero también fue maestro a la hora de darle salida al balón. Y aún tuvo fuerza para llegar al área rival cuando las circunstancias lo aconsejaban.
Si Iniesta es el inventor, a Xavi le cabe el rol de pensador. Pocos dominan el centro del campo como él. Sin balón, ayuda en el repliegue. Y cuando España tiene la posesión, es el primero en ofrecerse para poner en marcha el método del toque-toque. En la final dio un curso de control y gobierno.
Discontinuo, pero todo talento. Cuando coge el balón y levanta la cabeza siempre se puede esperar una genialidad. Y si está cerca del área rival, más, porque suele encontrar respuestas. Fue de menos a más en el campeonato, y terminó brillando.
Su trayectoria, tan brillante como silenciosa, lo avala. Al Eibar lo dejó a un partido del ascenso, al Celta lo metió en Europa y en el Valencia se consolidó pese a llegar como el penúltimo de la fila. En la selección también se ha asentado, sin hacer ruido. Es de los más atrevidos en el uno contra uno, maneja bien la suerte del último pase, no se asusta cuando tiene que resolver y ayuda más de lo que parece cuando hay que correr hacia atrás.
Sacrificado y muy generoso. España juega distinto al Liverpool y él lo acusa, pero supo adaptarse a las exigencias de un guión que no está pensado para él. Trabajó a destajo, aceptó asumir una labor más oscura y le faltó un pelín de fortuna de cara al gol. Marcó frente a Alemania el gol que será recordado como el que valió un título. Torturó a los centrales germanos.
Otro delineante en la zona media. Descifra los espacios y los movimientos de sus compañeros con un talento natural que le permite trazar pases cargados embrujo, de los que descolocan al adversario. Le costó asumir su rol, ya que no empezó como titular, pero ha ganado protagonismo paulatinamente.
Fue uno de los últimos en llegar y ya desde el primer partido quedó claro que no venía como relleno. Se convirtió en una alternativa a los futbolistas de toque en el centro del campo porque retiene menos el balón y se mueve más cerca del área. Siempre inyectó frescura.
Parecía el elegido para ocupar la vacante de Albelda, pero muy al final lo adelantó Senna. Frente a Grecia, y cuando tuvo que salir desde el banquillo, aportó equilibrio y ocupó mucho campo por delante de los centrales.
Cada vez que Aragonés lo requirió, apareció cargado de ilusión y, a veces, un poco de precipitación. La que no tuvo en uno de los goles del campeonato, el segundo frente a Rusia en semifinales.