CRÉMER CONTRA CRÉMER
Apaga y vámonos
SERÍAMOS indignos del pan que comemos, si, saltándonos las normas y mintiendo descaradamente a los vecinos de mi pueblo, dijéramos que vivimos en el mejor de los mundos y que de menos nos hizo Dios. Este pueblo en el que vivo, trabajo y voy muriendo poco a poco, es un lugar entrañable, que tiene detalles arquitectónicos, como la ermita y la parroquia de San Juan que mueve la emoción general. Y es que la mayoría de los trescientos vecinos nacieron a la sombra del templo, que algunos se atreven a comparar con la bellísima catedral de la Capital de la provincia y que para nosotros, aparte la belleza estética de templos y catedrales es el lugar en el que me nacieron y donde enterramos a mis padres. Amo a este poblado aunque no hubiera yo nacido en él y me dejo ganar por su silencio, casi total, por sus manías que dan en llamar costumbres típicas y por el espíritu de fraternidad que se mantiene a pesar de los naturales roces suscitados en el comercio diario, que es que no hay contacto que no acabe en pelea y en ocasiones, que dieron lugar a ocupar páginas de la historia pequeña del pueblo, suscitaron querellas por un puñado de tierra o por unos dineros estratégicos y se manchó de sangre el pequeño remiendo de cemento que ilustra la plaza llamada mayor, quizá porque no hay otra. Se cuenta que para bautizar al poblado se reunieron los varones más notables de la tribu en la tabernilla del Macario y después de proposiciones y discusiones o debates bastante enconados se le puso el nombre de «Alumbrado», por una bombillita de aquellas que decían de carbón que no conseguía alumbrar dos palmos de territorio. A mal llevaban lo de «Alumbrado» a un lugar tan deslucido y apagado, tan en sombras y debilitado como el nuestro, pero no cabía pedir peras al olmo ni pretender que luciera la única calle del pueblo, como la Vía Apia de la Italia famosa, pero así era y reunido de nuevo el cónclave tomó la decisión de alumbrar con mayor intensidad las vías, los rincones y las esquinas, aunque no fuera más que por epatar al poblado de al lado. Pero no pudo ser. La Compañía encargada de avivar la luz pública, se negó a tocar la única bombilla, para fines más luminosos, si no se imponía al alumbrado una cuota lo debidamente importante como para suscitar la envidia de los vecinos. Y se comprobó que ni vendiendo las reses de la faena labradora, ni alquilando a la señora y a uno de los seis hijos en la tarea doméstica de la Villa aledaña, podría aceptarse aquel cánon que les amenazaba con sumirla en la ruina. Y el pueblo siguió con su bombillita de carbón y la única calle a oscuras ye l alcalde proclamando que a media luz los besos son más sabrosos. Y envidiosos los vecinos ante tan milagroso adelanto, se declaró un aumento general de los precios de la leche, de las alubias, del pan y del colegio del pequeño. La ruina fue tan total que en lugar de llamarle «El Alumbrado» al lugar, le declararon en ruina. ¡Y en ruina sigue!