Publicado por
Antonio Núñez
León

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LA CARA ES el espejo del alma, según coincidían los clásicos y nuestras abuelas. Salvando las distancias entre el romano Cicerón y mi señora abuela Catalina en La Bañeza, por ejemplo, las únicas diferencias entre Catilina y un servidor eran apenas dos: el primero, de acuerdo con los discursos que el eminente picapleitos ha legado a la posteridad, tenía «la faz terrosa y los ojos inyectados en sangre», en tanto que yo me limitaba a agachar las orejas coloradas como un tomate con Catalina cada vez que le hacía una pifia; otra es la del famoso « quosque tándem, Catilina, aburete patientiae nostrae» , que la abuela traducía en familia por «este chico nos va a volver locos a todos». A buenas entendederas, latines aparte, pocas palabras bastan. Al presidente Zapatero, contemporáneo mío aunque lego en clásicos, le viene a pasar lo mismo que a Catilina con Cicerón y a los de la quinta del 53 con todas las abuelas catalinas que en el mundo han sido. Efectivamente, la cara es el espejo del alma y, si usted se topa en la calle son un sujeto de cejas enarcadas en forma de «V» de victoria electoral con escasa pelambrera tapándose hacia adelante las pocas neuronas del tarro debe interpretarse en lenguaje facial como un agresivo «aquí mando yo. ¿Pasa algo?». Antes de que se inventara la cultura de la imagen para lanzar a Obama al estrellato ese lenguaje lo utilizaban demagógicamente hasta los simios. Véanse, si no, las muecas de la mona Chita cada vez que Tarzán tenía un problema en la selva. Y, al revés, cuando Tarzán luce ojeras, es señal entre la gente que ve muchas películas y se lía entre las lianas de Chita de que el hombre-mono está entrando en crisis, recesión o depresión. Lo que pasa es que eso era antes, cuando había menos caraduras, y al empezar la película ya se sabía quién era el bueno y el malo. De Almodóvar para acá, en cambio, es distinto y ya no distingues a Chita de un orangután transexual con la selva virgen de los principios morales más elementales exquisitamente podados por detrás y por delante. El presidente del Gobierno, por ejemplo, se ha talado las cejas y dejado patas de gallo. Aseguran los que ven la televisión que éstas últimas las tiene últimamente incluso amoratadas, de lo que podría deducirse también que, una de dos, o le ha soltado un soplamocos su señora porque no le llega el sueldo en La Moncloa o ha sido un sindicalista de CC.OO. (los de UGT no, porque ya le hubieran puesto la cara como un mapa la semana anterior en Rodiezmo). Probablemente lo amoratado del ojo zapateril no se deba ni a lo uno ni a lo otro. Quien esto escribe es más bien de la opinión de que mientras la economía mundial, en general, y la del país, en particular, están en la UCI de cuidados intensivos el presidente se ha hecho la cirugía estética. Es una terapia casi inocua pero que ya no engaña a nadie. Con la que está cayendo en la crisis daría igual que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega hinchara pecho hasta el límite de la talla 95 -teta que la mano no cubre no es teta, sino ubre, o teta que no llena la mano no es teta, sino grano- dicho sea sin llegar a las teorías del wanderbag exagerado de los economistas. O que Zapatero marcara paquete optimista postizo después de este verano. La talla de cada cual es la que es y no da más de sí. A las economías domésticas y a los Presupuestos del Estado les están saliendo patas de gallo que los ministros Solbes y Sebastián intentan conjurar con pomadas y mejunges infames que ellos hacen pasar por fórmulas magistrales de su particular farmacia. Es como el timo del crecepelo de los cuatrocientos euros y así les luce la calabaza a los dos. Por lo que respecta a los demás, dentro de dos o tres años todos calvos y no como nuestras abuelas, que llegaban casi todas a centenarias. Se avisa de que, si la cara es es el espejo del alma, aunque sea en las mil pantallas de las televisiones del márketing político, una caída de cejas circunflejas hasta las ojeras es síntoma de enfermedad degenerativa. Luego empieza a flaquear todo lo de cintura para abajo y, si bien el otro día Zapatero subiera a los Picos de Europa, a pinrel, según retransmitieron las televisiones, más dura será la caída. En cuanto a lo otro que cuelga de los montes hay también galenos según los cuales ciertos moribundos -electorales en este caso- suelen pasar por momentos de euforia y se les pone la cosa como un pino de los Boñar o Riaño para arriba hasta el punto de que es imposible cerrarles la tapa del ataúd, según dicen las comadres. Uno, que no aspira a llegar a tanto aunque toda la vida haya ido de pendón, prefiere despedir su propia crisis como Groucho Marx en su lápida. Perdonen, señoras y señores, si la próxima semana ya no me levanto.

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