CRÉMER CONTRA CRÉMER
Rebelión en la granja
A VECES, como en la novela de Orwell, las sociedades, los pueblos y no digamos los seres humanos, sobre los cuales ha recaído la responsabilidad de un cargo, a veces, digo, para no irritar al personal, estos y los otros necesitamos que un movimiento, una llamada, un clarinazo que nos ponga en pie de guerra. A esta actitud social se le llama rebelión. Sin que en algún momento de la biografía de los pueblos se produzca un hecho, mediante cuya influencia no se cambien las costumbres ni se remedien los errores tradicionales, los pueblos, los seres humanos envejecen en el peor de los sentidos, pierden estímulos, se sienten al margen de los movimientos de progreso y acaban en entidades rendidas, agotadas, sin espíritu de renovación ni disposición para superar las tribulaciones. Cuando en la sociedad se imponen estos sentimientos malogrados, la sociedad se convierte en un conjunto neutro, blando y blanco, sin coraje para superar los quebrantos que toda sociedad está obligada a superar mediante la corrección de sus propios defectos. Al parecer, esto o algo parecido le sucedía o le sigue sucediendo a León, tierra de anchos estímulos anotados en libros, pero alicaída y perezosa a la hora de enfrentarse con la realidad para enmendar sus desviaciones. De ahí y de otras muchas torpezas le vinieron apóstrofes líricos que en puridad no pretendían sino mover el espíritu regional para sacarle de su ostracismo y asignarle un puesto entre los pueblos de espíritu elevado y de conciencia de lucha, como cuando se repetía en las tertulias de los leoneses de casta: "León, León, Ciudad añeja, ¿por qué te visten ¡ay! Con piel de oveja?". Sin duda conscientes de esta realidad y de la necesidad urgente de mover cuerpos y almas para adaptar la vida general a normas ajustadas a las exigencias de nuestro tiempo el Ayuntamiento de la capital, que no es ni mejor ni peor que cualquiera de los que figuran en el censo ilustre de hombres responsables, se ha despegado de su desidia, más o menos frecuente, para tocar a rebato, para mover a los hombres que componen la nómina leonesa y estimularla para la gran rebelión que seguimos necesitando para extirpar la pereza, a veces teñida de interés personal, de los capítulos del Libro Rojo de León. El Ayuntamiento de Don Francisco no se resigna con estimularse a sí mismo, sino que declara el momento de aliarse con los hombres y con las mujeres libres para romper con la funesta ley del silencio. Declara y hasta invita a la población a unirse no para precipitar la ruina de los rivales, sino para completar al fin un conjunto activo, capaz de acabar con tanto y tan peligrosa desviación de la realidad. Conviene no equivocar el significado ni la dirección de la rebelión a la que nos convocan algunos miembros del consistorio, no sea que por precipitaciones y entendimientos sectarios confundamos el hambre con las ganas de comer. El poeta Ángel González, le dejó anotado cuando recuperó, como lección para analfabetos políticos la parábola que decía: «Gritaron a las urnas, y entendieron a las armas¿ «¡Y viva Pérez de Guzmán!...