A LA ÚLTIMA
Venezuela
ESCRIBO DESDE Caracas. Resulta complicado no advertir hasta qué punto se da en Venezuela un fraccionamiento social, paralelo al político. Las desigualdades económicas, la trayectoria de una burguesía que no pocas veces se ha anclado en privilegios excesivos -en los que el chavismo, cómo no, hace hincapié venga o no a cuento- es el caldo de cultivo de una política oficial cuyas formas son, no pocas veces, intolerables. El venezolano medio se refugia en el humor, pero lo cierto es que desde el régimen -más que desde el gobierno- se cometen atropellos, lo cierto es que la inseguridad -nunca del todo aceptada oficialmente- es creciente y lo cierto es que la imagen exterior de Venezuela, de la mano de un Chávez viajero a países cuestionados y fustigador del peligroso enemigo Estados Unidos, se hunde. Puede asistir, de refilón, a una de esas mareas rojas -es el color del chavismo- en un mítin electoral. La demagogia flamígera del discurso de Hugo Chávez ha prendido en sus seguidores. Es un discurso algo vindicativo, con tintes más frentistas que revolucionarios. Lo he escuchado recientemente en algunas voces bolivianas, ecuatorianas y nicaragüenses. Aquí, encima, se habla de un frustrado intento de golpe de Estado, del que apenas se dan informaciones difusas, más allá de la presunta complicidad de la embajada norteamericana, hipotéticamente vinculada a un intento de magnicidio contra Chávez. Pero no se han ofrecido demasiadas pruebas de todo esto, y la sensación que flota en el ambiente, mientras Chávez se reúne en Moscú con Vladimir Putin y con Medvedev, es la de que la trama tiene menos consistencia de lo que se quiere hacer parecer. ¿Hacia dónde va, en fin, Venezuela, el núcleo revolucionario de América Latina, el país cuyos mandatarios quieren ocupar el lugar de Cuba? Quién sabe. Lo que sí es seguro es que algo va a ocurrir, y que ocurrirá más a medio que a largo plazo. No se puede desafiar al Imperio y a la mitad de la propia población sin sufrir las consecuencias. Y eso que son muchas las cosas que se silencian: por ejemplo, los movimientos de cuentacorrentistas ante la nacionalización de algún banco. Es esa resistencia pasiva acaso mucho más importante, en el fondo, que el enfado que Washington pueda sentir por este régimen con el que, en el fondo, sigue colaborando económicamente: el petróleo es el petróleo, qué diablos. Continuará, sin duda.