Diario de León
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León

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«ESTA leche ¿es Lechebuena?... y mañana, Calamidad; saca la bota, María, que me voy a despachar»... cantará hoy con su quejumbre un ganadero de por aquí que irá descalzándose sus botas rebozadas en cucho y furias. Después de verse con el culo al aire, ¿agravará la cosa ir descalzo? Desearía atizarle en el jeto a los jetas de la manteca industrial, la cuota y la política andana... Se ensaya nueva protesta: lanzar calzado a los morros de cemento armado de estas gobernaciones como hizo hace poco con Bush un periodista en Bagdad. Si la patada en la boca no es civilizado, vaya la bota volando.

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A mal tiempo, buena copla.

El Niño de Santamaría murió longevo en León porque todas las mañanas de Nochebuena peregrinaba con peña y compaña por el belén tabernario del Húmedo, veinticuatro de diciembre funfunfún... cantaban villancicos o letras picudas y aclaraban todos el gañote con finitos (¡copalante!), manía de ostentosos cazurros que fantasmeaban la ronda cara y que acabó popularizándose en todo bar (el fino es vino viejo jerezano con epílogo desastroso y sus resacas saben a cristales rotos).

La Nochebuena, sin embargo, manda rimar sentimientos; por eso nos acordamos en primer lugar de los que no están; son tantos... Isidoro Álvarez Sacristán, que cuando se quita la toga de juez se sube al estrado de la letra elegante, sensible e inteligente, ha saludado a esta Navidad con un nuevo poemario, «Ánimus manendi», ganas de permanecer, intención y voluntad. En una mesa de esta noche hay dos sillas vacías, la de Chencho y la de Quirós, matrimoniados en su día por el tertuliar la noche larga. Isidorus le ha dedicado a José Quirós en su libro un soneto... y pido venia para ponerlo en su silla...

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