El ceromil
ACABAN las Pascuas Loteras. España celebra (y lamenta) la Navidad estrujando la suerte del décimo, aunque el de Reyes es sólo repesca de descreídos: el Niño no es popular; ¿se habrá hecho socialista?...
Un país que tiene más fe en la lotería que en el Estado y el común es muy de preocupar. La suerte es el sistema. Quizá eso explica nuestra historia y este subconsciente colectivo nuestro que tiene colocado sobre el escudo nacional un gran lema bordado en oro estableciendo el «sálvese quien pueda y el que venga detrás que arree».
La probabilidad de que la lotería toque es matemáticamente despreciable. La inmensísima mayoría de los que jugamos no veremos más allá de una calderilla de reintegro. Nos daría exactamente igual si, en vez de andar escogiendo un número o conjugando manías, lo gastáramos todo en el número más feote de todos, el 00.000, ese que dicen está reservado para la Casa Real, leyenda urbana que nadie confirma oficialmente y que lleva su duda y su pregunta en la recámara: si así fuera, ¿lo paga el monarca o se lo regalan?... ¿y se lleva todos los billetes y series?... porque he visto un décimo de ese número tan borde que tienen Jesús y Camino, los dueños del Molinillo y de Moli, un fosterrier muy suyo. Me enseñaron ese décimo hace unos días. Es de años atrás, noventa y tantos, pero es un auténtico 00.000... de manera que estaría bien saber lo que se dice de este número real o regio... y a la sagacidad periodística y braguetera de estos tiempos encomiendo que lo averigüen para que se disuelvan estas mis dudas.
El 00.000 no ha salido nunca, pero tampoco el 14.888 y otros cuarenta mil más, así que tiene tantas probabilidades como el 38.915, que mira que es chulo y guapo y tampoco sale (feo féisimo sería el 84.444, que parece una regata de veleros doblando una boya). Sin embargo, tendría que salir alguna vez ese 00.000 tan huevón por ver si los críos de San Ildefonso lo cantaban como en el chiste de Eugenio: el cero, el cero, el cero, el cero, el cero... ¡ceroceromil cerocientos cerocero!... El «ceromil», pues, existe.
Corren rumores de batacazos financieros de algún afamado capital local. La envidia cazurra y vengativa se complace: «alguno ya está contando sus cuentas de ceromil en ceromil».