Al rincón
CORREDOR acristalado con sol mortecino de invierno en una residencia de esas que antes llamaban asilos: allí la vi sentada y sola en un día de agitación visitadora, metida en ochenta y tantos la buena señora, moviendo unos labios mudos como el que reza o rezonga... Me dicen que sólo viene a visitarla de cuando en vez una de las cuatro hijas que tiene... y que gasta un mal gerol que se las trae.
Nos pasamos la vida perteneciendo a «
» y defendiendo a mordiscos a «
»; nada parece más legítimo y obligado; hasta la tropelía más gorda se disculpa si se hace por los hijos; y así creemos tener un bando que nos da masa, una peña para reír o penar, una parentela en caos que nos ampara y una familia propia, los míos. Me dicen que esa anciana de la residencia masculla muchas veces la frase de «ya no soy ni de los míos»... y que como debe apelar a Dios sin que le responda, va a la capilla de rutina remolona y, últimamente, maldiciendo, renegando de lo creído y asomándose al abismo. Pobre paisana. Para muchas mujeres, vivir más que los hombres que enterraron es una tortura lenta, un puré de melancolías para una memoria sin dientes.
Al menos, ella tiene cuidados residenciales, plato caliente, tele a embute, asistencias, capellanes, aula de manualidades y musiquinas con monitora.
Pero no quiere acordarse de que su madre pasó también arrinconada sus postrimerías, postrada mayormente y mal aireada, que la sacaban a pasear una vez a la semana y si no llovía o refrescaba aquel día. Entonces no había cuenta corriente que no estuviera coja, así que no se gastaba en residencias y a los abuelos se les gastaba en casa. La madre de nuestra anciana pasó sentada en silloneta de cojín la mayor parte de los días. No hablaba y se acogía, según el día, a la demencia senil o a la riña insultona; a veces blasfemaba barbaridades y tuteos al Altísimo. La tenían en un rincón de la cocina, cerca de la ventana. El último año no habló nada de nada. ¿En qué pensarán los ancianos que ponen una barricada en la boca y no asoman ni un pensamiento?...
También a la madre de la madre de nuestra anciana solitaria le tocó esperar la muerte en un rincón de la cocina; y a su abuela, con más probabilidad.
¿Será eterna esta manía de arrinconar, estos silencios?...