CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO
Balbo, ladrón
BUEN pájaro debía ser y malos amigos iba dejando ese tipo hace poco más de dos mil años. Balbo era su apellido, Lucio el nombre y Menor el apodo, ladrillero del imperio, quizá una especie de banquero del César, un ministrillo de la hacienda particular del emperador, un tío con suerte y bolsa inmensa porque hasta en la relación de la Guerra de las Galias anda su nombre o el de su padre, otro pájaro.
En las excavaciones del viejo teatro de Cádiz, construído en la Gades romana en el siglo I antes de Cristo, ha aparecido una piedra de sillar con esta inscripción «Latro Balbe», que el latinista traduce como «eh, Balbo, ladrón». Toma del frasco, toma graffiti indeleble, chúpate esa por los siglos de los siglos, ahí quedas, cabrón, debió pensar el que esgrafió a punzón tosco la «pintada», esa denuncia vengativa proclamando la infamia más allá del tiempo que no todo borra, de los soles y de las lluvias. Que se enteren todos: ese tipo os está robando, os estafa.
¿Y quién le iba a decir al tal Balbo que dos mil años después de sus trinques y fechorías iba a estar en bocas de la burla futura y del choteo eterno, resucitado su delito, avergonzado ante gentes desconocidas e insospechadas, nosotros, que de toda su biografía sólo sabemos ahora que era un arramplador del tesoro, un contratista de tomo y guardo?... Andando en edificaciones públicas tampoco entonces debía ser noticia el garduñeo, la comisión, el corretaje... Balbo, ladrón...
¿Y quién rotularía con fierro la proclama? Una víctima del algún «ere» teatral, un picapedrero chuleado, un capataz de la competencia... O quizá pudo ponerlo allí, entallado en los muros, un medio profeta que se obligó a transmitir al futuro un aviso a navegantes, un mensaje a la posteridad para que nos preparáramos ante lo que se venía encima, para que supiéramos de qué va la cosa cuando el estado o el imperio levantan un odeón bestial, un magno teatro (magno... o ¡emperador!), una carretera adoquinada con palabras de concejal o un acueducto Tajo-Segura... Nos vino a decir advirtiendo: este banquero contratista pilla y se forra de aureos y sextercios. A estas cosas entonces no se las llamaba ladrillazos, porque los romanos preferían el cohecho en piedra bruta y lo suyo era piedrazo como quien da una «pedrada en ojo de boticario». 1396927554