El paisanaje
Parada y fonda sin fondos
AHORA RESULTA que la financiación del AVE en León era el cuento de la lechera por la crisis de todo lo que huele a ladrillo, incluído el cántaro de arcilla, que se ha roto. Iban a pagar la estación del tren con la venta de terrenos de Renfe, la de toda la vida, para levantar tres mil pisos a base de enterrar las vías, además de crear un complejo socioculturalcomercialturístico sólo comparable en lo sofisticado a la estación MIR que los americanos y los rusos tienen a medias, o sea de igual complejidad, pero de dimensiones galácticas: setenta hectáreas o más de vía láctea desde Torneros hasta San Andrés del Rabanedo pasando por la capital y un escaparate donde tienes de todo nada más apearte, o sea restaurantes, máquinas tragaperras, peluquerías, tiendas (menos el estanco de tabaco, hay que joderse), bancos, casas de ocio (si quiere llamarlas de otra forma, allá usted) y, en fin cualquier cosa sin más esfuerzo que apretar un botón. A veces se pregunta uno si el proyecto lo copiaron de un guión de Steven Spielberg.
Los que nos conformábamos antaño con que quitaran el paso a nivel del Crucero teníamos razón y seguimos opinando dos cosas: primera, que pagar una obra pública a base de encarecer la vivienda se llama lisa y llanamente especulación de Estado, lo soterren como lo soterren y que se metan las vías por donde les quepa; y, segunda, para hacerlo con plusvalías de pobrines hipotecados lo hubiera hecho mejor, más rápido y barato que el alcalde Francisco Fernández, de alias «Paco raquetas», su tocayoFrancisco Hernández, de apodo «Paco el pocero», quien como su propio nombre indica se movería a sus anchas cavando a destajo y vendiendo áticos a tanto el metro cuadrado bajo tierra. También creemos que esto no se le hubiera ocurrido a Spielberg para unir a lo «Encuentros en la tercera fase» Papalaguinda con El Crucero y Trobajo de Arriba, sino más bien a Abundio, el que vendió el coche para comprar gasolina.
La sociedad «León Alta Velocidad», que no es democráticamente anónima y a escote, sino estatal, lleva ya un quinquenio o más haciendo maniobras de aproximación del AVE en la oscuridad -”para delante o para atrás lo sabrá el maquinista Zapatero-” acaba de soliticitar un crédito sindicado de trescientos millones de euros, equivalente a cincuenta mil millones de las desaparecidas pesetas, oiga, nunca mejor dicho lo de que volaron todas. La Junta, Renfe, a la que ahora apodan Adif y los ayuntamientos de León y San Andrés del Rabanero lo respaldan y figuran como garantes. En cuestión de avales y después del Estatut catalán la Junta no está para muchos trotes, el Ministerio de Fomento menos y los munícipes de por estos andurriales, tal como andan de números rojos, no tienen ya crédito en el ICO ni para un vino español en la reinauguración de Casa Benito, y eso si el gran tasquero Alfredo quisiera hacer reformas, cosa que muy prudentemente sólo deja al azar de las quinielas o de la primitiva, pero nunca al albur de subvenciones que nunca le tocan ni se cobran.
No queda dinero, según ha avisado el Banco de España, ni para pagar las pensiones, de modo que lo más probable es que el AVE y un servidor quedemos prejubilados en este apeadero y sin cobrar. Los que conocimos de pequeños aquellos entrañables trenillos a vapor -”la afamada locomotora «Mikado» de Durruti es posmoderna-” con sus mercancías, los recorridos de veinte horas o más para pasajeros y su furgón de correos donde se clasificaban las cartas, ya sólo nos escribe el banco, y los convoyes «mixtos», que servían para todo con tal de no tener prisa, barruntamos que al AVE le pasa igual: va camino también de la vía muerta.
Esto de los ferrocarriles trae mucha nostalgia. Añora uno, por ejemplo, cuando Renfe advertía que ni el Alsa ni el Seat 600 eran seguros. Los de Autobuses de Luarca Sociedad Anónima, empresa que en sus comienzos tenía menos ruedas que hijos, lideradas y liderados respectivamente por el patriarca José Cosmen Adelaida, solía desbarrar a la bajada del puerto de Pajares hasta que a Martiniano, el de León, empresa Fernández, se le ocurrió colocar las maletas debajo de los asientos, en vez de en la baca donde iban los pollos y los mineros.
Eso era en los coches «de linea» porque en los escasos turismos y taxis, por otro nombre coches «de punto» llevaban todos junto al parabrisas la foto de la señora, sendos hijos, suegros y cuñadas con la ma mayor familia numerosa posible y la leyenda «Papá, no corras», por si te se iba el embrague.
Eso de «Papá, ven en tren» dentro de otros cuarenta o cincuenta años lo podrán decir nuestros nietos, pero lo que es la quinta de un servidor no.
Una lástima, como dice el corrido mejicano, ahora que estábamos llegando a Pénjamo.