Diario de León
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León

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Corromper la inocencia de un niño abusándole no tiene perdón; hacerlo desde la autoridad e impunidad de un educador es crimen tremendo; pero escamotear el delito bajo una sotana es execrable y sublevante. ¿Quién lo entiende?, ¿quién lo perdonaría?...

El cardenal Cañizares (y Mayor Oreja revestido de monseigneur) han metido en campaña las brutalidades y abusos sexuales denunciados en la iglesia irlandesa y aseguran que «no es comparable lo que haya ocurrido en unos cuantos colegios con los millones de vidas destruídas por el aborto». Polvo es el tema, gran polvo, y polvareda han levantado ambos absolviéndose en comparaciones. Siempre habrá alguien más criminal: ¿qué significa sobar a un crío asustado en una sacristía comparado con las matanzas camboyanas de Pol Pot o un genocidio ruandés?...

En los Evangelios, Jesús no hace mención del aborto ni por el forro. Tampoco adoctrina o define el matrimonio (conminó incluso a discípulos y apóstoles a que abandonaran a sus esposas por la vía que después se definió como el «ahí te quedas o ahí te pudras»). Perdonó a la mujer adúltera que la ley ordenaba lapidar. Y se acompañó en su vida pública de la puta más afamada en la Palestina ocupada por Roma, una Magdalena que aún nos conmueve. Sin embargo, en tocando a abusos de niños, fue rotundamente claro y condenatorio: «quien quiera que escandalizare a uno solo de estos niños más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar»... sentencia inapelable, muerte por propia mano al reo de este delito... ¿Vio alguna vez su eminencia reverendísima, el cardenal Cañizares, algún cura, uno solo, en este trance suicida junto a un acantilado dispuesto a cumplir la conminación tajante del Maestro?... Seguramente, quienes debieron hacerlo se compararon y no les fue difícil absolverse; más se perdió en Hiroshima.

Hace no tanto, Joarilla se sublevó contra un cura que sacristeaba a los críos hasta el vómito. El obispado negó, después hubo de tragarse la evidencia y sólo tarde, tardísimamente, trasladó al delincuente convicto (¡unos kilómetros más allá!)... Lo peor no es que la Iglesia vaguee en reconocer estos delitos. Vaguea incluso en extirparlos.

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