Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El miércoles 10 de junio de 2009 el diario El Mercurio , de Santiago de Chile, publicaba un interesante artículo de opinión, firmado por Gonzalo Rojas. El autor comenzaba preguntándose si sería válida una decisión de la Cámara de Diputados que permitiera a un parlamentario votar por otro. Y si la Cámara decidiera que estar presentes en la sala es lo mismo que no estar en ella, ¿sería correcto ese acuerdo, aunque fuera mayoritario? El autor venía a denunciar el pensamiento relativista contemporáneo que considera que la verdad depende del consenso de las mayorías o de la opinión individual. «Votar por otro es totalmente malo», afirmaba el autor. En realidad, con ese acto se suplanta la identidad de otra persona. Pues bien, según él, eso es lo que ocurre cuando, en el matrimonio de dos personas del mismo sexo, una de ellas suplanta la identidad del padre sin ser varón o la identidad de la madre sin ser mujer. Un diputado está en su sillón parlamentario o no está. No caben medias tintas. Pero el autor observa a continuación que algunos se esfuerzan en afirmar que «el niño está presente biológicamente en el vientre materno, pero que jurídicamente aún no está ahí». Y añade: «No se mantiene un mínimo sentido de la realidad: o es un niño o no lo es». Todavía una tercera observación. Hablar por el teléfono móvil en la sala del parlamento se ha convertido en un pecado gravísimo, «pero promover la eutanasia no pasa de ser una opción legítima». Son tres ejemplos provocativos: asumir un rol conyugal y familiar imposible, negar la realidad de la vida del hijo y atentar contra la vida humana. En los tres casos, las sociedades occidentales parecen haber perdido los niveles mínimos de la racionalidad. El resto del artículo es igualmente provocativo y estimulante. Por lo que dice y por el modo como lo dice. Estas reflexiones vienen a advertir de unas tentaciones relativistas que amenazan más que la pandemia de la gripe porcina. Es ésta una sociedad marcada por el signo de la incongruencia y de la frivolidad. Se desprecia y olvida la objetividad de la verdad, la bondad y la belleza. Se manejan los criterios de verdad según las conveniencias del momento. Y se convierten en norma intocable los intereses de unos pocos. Son unos pocos que, sin embargo, imponen su dictado en un hemisferio como en otro. Es cierto que ningún ejemplo es igual a otro. El valor de la analogía nos libra de confundir con gigantes los molinos de viento que bracean en lo alto de las colinas. Nuestro error de percepción no escucha las advertencias del sentido común. En realidad es señal de una lamentable enfermedad que sólo para unos pocos resulta divertida. Nos creemos salvadores de los esclavos y oprimidos. Pero nuestra negación de la realidad nunca será salvadora. Atacar las aspas del molino puede dejarnos destrozados por los suelos.

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