Publicado por
Pedro G. Trapiello
León

Creado:

Actualizado:

En fin, don Crémer, cumplida la semana de tus funerales, concluyo esta carta de trompicones porque estarás ya cansado, si no harto, de tanto eco hueco y tanta rondalla seminarista, incluída esta bandurria. Vuelas en tu paz libre de cuitas y todo este ruido nuestro ha de inflarte las aguantaderas. Te dejo en el silencio sonoro y en la relectura del rastro escrito que exige tu memoria... ¿Qué tal por ahí?... ¿viste ya a Pereira?...

Antes de callar el lapicero he de confesarte algo. De la misma forma que acusabas gozosamente a mi tío abuelo Pepe (el que andaba en la tertulia de Valle Inclán y en los foros poéticos de los Madriles) de haberte contagiado y conminado a la poesía, en buena parte te culpo a tí de andar metido yo en este oficio raro de ver con la espalda y largar con la pluma. Eras una referencia a seguir, un aula de ingenio en tiempo de mordaza, o sea, una senda felina para conducirse en León sin dejar mucho pelo en la gatera... «un vencido que tuvo que vivir entre vencedores», decía el hermano Andrés al que te brindaste como escudero «al morir don Quijote»... ¿vencido?, quizá, pero sin arrodillarte ni humillar pabellón ni apostatar de las íntimas convicciones.

Recelado entre algunos cercanos por no haber muerto y repudiado entre los de enfrente por no haberte matado, tuviste que crear tu propia vereda y tragar sapos cada día en aquel León de camisas viejas y cartillas, aquel atraganto de órdenes, censuras y rendevuses, de abrigos dados la vuelta... y de oír, ver y callar... ¿y quién te calló a tí?... te hiciste doctor de la entrelínea, la indirecta y la sorna agallegada casada con la reciedumbre castellana... tiempos de piojera y de purgar, mientras la crianza, la familia, clamaba por un pan duro de ganar y a veces de roer. Decretaron que bailaras muchas noches con la muerte y con el miedo, pero de esos bailes saliste aprendido a atrapar la vida por el rabo o por el colmillo. En esa escuela tuya puse de mozalbete mi pupitre de libre oyente cuando el tío cura César nos repetía algún artículo tuyo de ingeniosa mordacidad. Escribiendo de esta forma, quien no te admirara, te respetaba; y quien no te respetara, te temía... algo era algo.

En fin, querido Vik del siglo y de tu cielo, goza de tu paz tan merecida.

Cargando contenidos...