Diario de León
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León

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El Atlántico y Cantábrico son los mares que tiran del leonés, porque de la leonesa será siempre el Mediterráneo quien la lleve del ronzal a su vera para que pueda rebozarse en sol, crema y arena, ay mi croquetina. Pero la mar océana es la del norte; el Levante tiene mar chicha, medusas, fenicios, alemanes entrecallados y británicos con un pedo insufrible. Los puertos pesqueros del norte se abrigan en una costa abrupta y de farallón; los puertos levantinos, sin embargo, parecen pantalán o fueron sólo playa con bueyes tirando de las barcazas que allí quedaban zabordadas.

Me gusta más el norte porque me pierde y me pierdo... y me cambia los colores según el día haciendo que la vacación no sea un monopolio de playa y parrilla, pues cuando el cielo pone toldo, te manda a explorar interiores, averiguar potes o te brinda tarde comodona de lectura reposada rubricada con paseo de cañitas... y calma, rapaz, calma, tente nube y tente prisa, quieto el reloj, nada de ir cagando tariles de aquí pallá... ¡el norte, la taberna del puerto, las buenas noches, el vals de las olas!...

El trajín portuario es digno de ver, entretiene y enseña. Para los que somos de secano, un puerto es una puerta al mundo y, justo detrás de su horizonte, esta otro continente, lo exótico o la huída. La gente que vive mirando al mar, además, suele ser de suyo abierta a lo que venga... aunque el mar o por la mar siempre vinieron a robarles alguna vez.

El mar es la última promesa cuando a uno se le acaba la tierra... se lía uno el petate y adiós... «pensando hacer fortuna como emigrante me fui a otras tierras... y entre las mozas, una quedó llorando por mi querer... vuélvete al caserío, no llores más mujer»... ¿y cuántos llegaron a Guatapeor por salir de Guatemala?...

También hay puertos portugueses que con un asilo de muchos siglos de marinería y de sueños americanos. Siempre me quedaré con el de Peniche; allí trajina la noche y el estómago se vuelve voraz ante el olor de sardina asada... y bulle la madrugada.

Pero a cualquier mar que vayas, busca algún viejo marinero y que te cuente qué le enseñó la vida. Pasa de teles y meneos, pega la hebra y aprenderás.

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