Yo soy el pan vivo
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Seguimos este domingo con el capítulo sexto del evangelio de Juan, que nos presenta la catequesis eucarística que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm. El pasaje de hoy, conocido como la primera parte del «discurso del Pan de la vida», se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo el mismo Jesús pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.
Jesús nos dice que el que cree en él tendrá la vida eterna. Es este un tema que parece que no interesa mucho: no se habla ni se quiere oír mucho de la salvación. Sin embargo, tenemos necesidad de salvación. Tal vez haya que traducirla por otros términos para comprenderla mejor, pero, indudablemente, éste es uno de los mayores problemas de nuestro mundo y de las generaciones más jóvenes: encontrar un sentido a la vida, una razón para vivir. Falta una razón para vivir. Una razón, no una idea, ni siquiera unas verdades como puños, ni una doctrina perfecta. Todo eso no es más que idealismo. La única razón para vivir es el otro, cualquier otro, todos los otros. Porque lo único que puede dar razón y consistencia a la vida humana es el ser humano. Y no sólo mi familia, ni mis amigos, ni los de mi región o los de mi nación, que todo eso resulta a la larga inhumano, es decir, pretexto contra los otros y, por tanto, contra los hombres. Lo que da sentido a la vida es la humanidad, el humanismo, la disponibilidad, el servicio y el amor al hombre, a todos. Y eso es lo que nos propone Cristo en el Evangelio.
En definitiva resulta que el pan que da la vida es siempre el amor. Un amor que viene de Dios para los hombres y se realiza en Cristo y por Cristo. Un amor que recibimos de Cristo y que debemos hacer extensivo a todos los hombres. Un amor que está en camino hacia su plenitud y que nos pone en camino hasta que Dios, que es Amor, sea todo en todos. Este es el amor que nos eleva por encima de los egoísmos y nos hace luchar no sólo por el pan, sino para que todos tengan pan. Y esto puede ser un primer paso, pues el que lucha para que todos tengan pan ya no busca sólo pan. Tiene hambre de algo más, hambre de justicia y de fraternidad, tiene sed de Dios, a cuya imagen y semejanza ha sido creado.
Jesús trae algo muy sencillo: un mensaje de bondad y de amor. Por eso los judíos se quedaban escandalizados ante un Dios hecho tan a nuestra medida. Y los inteligentes griegos lo tomaron como una necedad. Sin embargo, la bondad de Jesús es fuerza de Dios para los que creen. El amor, la bondad, produce en el hombre el descentramiento de sí mismo, el salir de sí mismo para girar en torno a los demás, el ser-para-los-demás. La bondad desarma los malos corazones, elimina las barreras, hace que bajemos la guardia ante nuestro hermano.
Jesús predicó este mensaje y lo vivió de forma ejemplar. Fue un hombre bueno, pero no como esos de quien nosotros decimos «es un trozo de pan», o «es más bueno que el pan». Jesús no es un trozo de pan, sino el Pan de Vida. La razón y sentido para vivir cada día más y mejor.