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León

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El veranete cazurrín se plaga tanto de semanismo cultural, mercadillos y batallas con disfraz, que huyo en lo que puedo del calendario oficial y de las charangas históricas pidiendo asilo en reencuentros de amigos o familia en tardes de banqueta y portalada, de sardinas de huerta, carne de varal y sobremesa de burle o murmureo contándonos lo último y lo de siempre, riéndolo y solazándonos. En Sorríos, por ejemplo, con Fer y su gente. Los cangrejos son cosa suya; los guisa con lentitud vaticana y algún tomatito catalán, pero el pollo ha de ser de Chon, doña Conso, la madre de Arricio, y eso son palabras mayores, porque ella los cría en corral, ella los apiola en lo que dura un padrenuestro y ella los conduce a la gloria pasando por la ermita de la cazuela donde deja propinadas sus indulgencias.

Esta vez no vimos al cura ni al Urelio por llegar tarde a la misa y pronto a la mesa, pero nos volvimos a mondar cuando Fer recordaba por qué a su leal amigo e intendente Fernando le apodaron un día «Arricio»... y con Arricio se quedó , por Arricio se le conoce.

El caso es que Fer -que tiene muy predicada en Barcelona la mucha honra leonesa de sitios, paisajes, embutidos y potajes- se ha ido trayendo por aquí a todo el gremio de dibujantes que laboran en Cataluña para darles de corazón en los morros con el ejemplo vivo de una tierra auténtica, deslumbrante y sangrada de ríos tan trucherones como el Luna que pasa a los pies de sus recuerdos de caña y soto. Total, que han pasado ya muchos (y la plantilla de «El Jueves», al completo). Alguna vez juntó Fer a una docena de ellos y se tiraron una semana de río en río pescando y dibujando historietas. En una de estas, Fernando les acompañaba en la fresca de la tarde y, haciendo algo de corriente o relente, exclamó «coño, que me arricio»... ¡¿qué ha dicho este?!... pues que se arricia... Kim se escojonó con el palabrejo, ¡¿arricio?!... y así se le bautizó y así se perpetuará, pues ya anda citado y dibujado en las hemerotecas del humor gráfico.

Este verbo es muy de aquí. Es arreciarse, destemplarse, aterirse y tensar el músculo por quedarse frío... ¡coño, que me arricio!... y entonces ahí tenemos ya la carne de gallina, la chaquetina... y el «vamos padentro».

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