Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El relato evangélico de mañana nos sitúa en el centro del capítulo sexto del evangelio de san Juan, con esa frase tan rotunda: «el que me come vivirá por mí». Sin embargo, la experiencia nos dice que la comunión incluso frecuente no garantiza ni es prueba, por desgracia, de la calidad de la fe de muchos de los que nos profesamos católicos. Tal vez hemos olvidado las condiciones para realizar una buena comunión: el estado de gracia, el ayuno eucarístico y saber a quién se recibe. Si somos sinceros con nosotros mismos, tal vez sea la tercera condición la menos conocida y las otras dos, pues-¦ Con frecuencia muchas veces hemos convertido la participación en el Cuerpo de Cristo en un rito que queda bien en bodas, bautizos, funerales y ocasiones especiales, pero sin la debida preparación.

No se puede pretender ser cristiano de verdad sin la participación plena en la Eucaristía, que es mucho más que «oír Misa»; es entrar dentro de la celebración, participar, lo cual significa valorar el mismo hecho de reunirse con otros hermanos para alabar al único Dios y Señor, la atención a la Palabra de Dios, a las lecturas, porque es Dios mismo quien nos habla; las respuestas de la Misa proclamadas sin desgana, con convicción y fuerza (es curioso que hablamos en un tono normal por la calle y susurramos en las Iglesias, casi como si quisiéramos no despertar a alguien que pudiera estar dormido) y la participación en la comunión.

Decía San Agustín: «La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es la fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos ... Este pan cotidiano se encuentra, además en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación». Personalmente estoy convencido de que ésta es una de las notas claves que distinguen a una persona con sentimientos religiosos, de una persona con actitudes y sentimientos cristianos. Cuando uno vive alimentando su hambre de felicidad de todo menos de Dios, cuando uno disfruta egoístamente distanciado de los que viven en la indigencia, cuando uno arrastra su vida sin alimentar el deseo de una fiesta final para todos los hombres, no puede celebrar dignamente la Eucaristía ni puede entender las palabras de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna».

Jesús explica, pues, que configurar la vida como un encargo en obediencia a Dios no es un peso o una reducción, sino que precisamente en ello se encuentra el gozo de la verdadera vida. Lo característico del mensaje de san Juan sobre la Eucaristía consiste en la subordinación de la celebración sacramental a la aceptación del pan que da la vida en la figura de la Palabra de Dios que es Jesús. Por eso el Evangelista preanuncia la liturgia eucarística dentro de un marco de acogida fiel de la Palabra: en la Eucaristía, la comunidad reconoce a quien revela al Padre, cree en su Palabra, recibe la vida verdadera y se siente enviada a comunicarla, de forma gratuita y convincente.

María asunta a los cielos nos lo recuerda en el día de hoy. En muchas poblaciones este domingo se hace memoria de un santo que vivió así,. San Roque, y que ha pasado a la memoria de la Iglesia por esa unión entre fe y vida.

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