Diario de León
Publicado por
PEDRO G. TRAPIELLO
León

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No fue a la escuela la señora Minerva Flórez, pero supo conjugar con sólo sus manos no menos de cien verbos. No le quedó más remedio para gobernar la supervivencia que seguir los principios inculcados por sus padres y por los viejos escarmentados del lugar: «más vale hacer que comprar o mandar» y «gente pobre no necesita criado».

Tuvo que atenerse a las circuntancias: viuda ella, pobre de cuna y de destino, recia de carnes y estéril de vientre, toda su vida grapada al pueblo... y qué curioso, ahora es el pueblo el que está enteramente grapado a ella desde que hace tres años enterró a su marido, Natalio Suárez, así que es ella la única pobladora que queda en Vegabraz, un pequeño pueblucho que duerme al pie de peña Llambrona... y duerme tanto, que cualquier día de estos ni despierta...

La señora Minerva no parece estar para muchos inviernos, aunque aún no ha frisado los ochenta, pero se niega a abandonar su casa, su huerta de poca chicha con nabo y su corral de diez gallinas y cuatro cabras; son su hacienda; y le sobra, dice ella, como si sólo necesitara leche, huevos y sopas. El panadero y un vendedor ambulante suben una vez a la semana o cada quince días a veces (poca cosa les compra) y ella baja una vez al mes (pitipiti tres kilómetros) a la sucursal de Santorices del Valle a cobrar íntegro el subsidio que arrebuja y esconde entre el faldumento porque lo lleva a casa y allí ha de estar escondiéndolo en algún lugar secreto, en algún guariche o quizás en el viejo horno, seguro, ¿quién lo sabe?, ¿quién lo buscaría allí?... a nadie se lo ha dicho, ni lo sospechan los vendedores o el pastor del puerto que alguna vez la saluda al paso sin atar la burra a la charla.

Nadie comprende cómo no se ha vuelto loca de atar. Algo huraña y agria sí lo es, pero no aloriada, controla lo suyo, parece saber lo que hace.

Minerva y Natalio no tuvieron hijos, pero el Cielo les castigó con sobrinos, tres en total, dos tontos en Madrid y uno listo en León pretendiendo en vano que los servicios sociales se la lleven de allí a cualquier residencia y así pueda él, al fin, desentrañar el secreto del tesoro de sus ahorros que supone serán ya un capitalillo. Vaya pájaro.

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