Diario de León

Geometría, elegancia y barroquismo comparten Cibeles

Ailanto, José Miró, Vitorio&Lucchino y Agata presentaron sus colecciones

Colección de Amaya Arzuaga.

Colección de Amaya Arzuaga.

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Mercedes Rodríguez | madrid
León

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El barroquismo de Victorio & Lucchino, la persistencia en las formas geométricas a base de mucho patronaje de Devota& Lomba, y las formas arquitectónicas y los volúmenes propios de Amaya Arzuaga se mezclaron con toques de exquisitez a cargo de algunos renovadores más jóvenes que impusieron buen gusto en la segunda jornada de Cibeles Madrid Fashion Week primavera-verano. A destacar entre los últimos las colecciones de Juanjo Oliva, Ailanto o de José Miró.

Alquimia, tituló su colección Victorio&Lucchino para acentuar la mezcla de tejidos, dicen los andaluces, y del juego de estructuras que por lo visto son antítesis. Así, mezclan tafetán y algodón, así como estampados, rayas y topos en barrocas chaquetas al estilo patchwork o parcheados. Con toques orientales, la pareja derrocha profusión de encajes, bordados y pedrería en piezas más ligeras y envolventes como el satén. Había volantes revisados, jaretas en blusas y un enriquecimiento de las prendas tal vez exagerado. Drapeados en las mangas y flores pegadas a otros vestidos más románticos reforzaron esta tendencia ornamentada de los modistos. Antes, Agatha Ruiz de la Prada abrió la mañana en su estado más puro, con sus iconos y coloridos vivos pero con prendas más comerciales.

En contraste, Ailanto llevó la frescura a la sesión de la mañana. La firma de los gemelos bilbaínos Iñaki y Aitor Muñoz se hace fuerte otra vez en sus originales estampados, que se inspiran en los maharajás de la India del siglo XIX. Son pequeños elefantes en hileras bajo árboles florales, plantas trepadoras sobre cuadrículas doradas y rayas de tigre con motivos florales. También destacan los topos irregulares superpuestos a las prendas o las amapolas. Algunos tejidos se mezclan entre ellos o se superponen para crear efectos de veladura. Contraste de tejidos, unos más armados y otros ligeros, chalecos con hombrera acentuada, envolventes vestidos con vuelo -”y minivestidos porque el corto se impone-” monos y pantalones bombachos en tejidos leves desfilaron en una colección muy sugerente. A destacar las blusas y minivestidos con grandes mangas exageradas y rematadas con lazo en azul celeste y naranja.

El madrileño Juanjo Oliva se la jugaba después de cinco años en Cibeles. Hasta ahora se había manifestado por su delicadeza en colores uniformes, e incluso algunas de sus colecciones habían sido monográficas, en blanco o en negro, para mostrar su dominio con la tijera. Pero por primera vez trajo sólo estampados, fabricados con láminas de cera que se planchan. Recreó una mujer retro, de los 50, pero traída al presente, usando mucho juego de volúmenes y patronaje. En Cibeles nadie anda por las ramas y domina la noche y la fiesta.

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