Los suicidios dejan más muertos que los accidentes de tráfico
Carga genética, trastornos mentales y factores ambientales favorecen los comportamientos de quienes se quitan la vida
«Los comportamientos suicidas son los grandes olvidados en psiquiatría», y también en el ámbito de las políticas públicas, porque «no tenemos ningún programa nacional de prevención de los mismos; solo acciones locales e individuales». La doble advertencia la hizo ayer en el XIII Congreso Nacional de Psiquiatría la especialista asturiana Pilar Sáiz, quien subrayó que un problema de tal magnitud humana (3.263 muertes en el 2007, al nivel de las víctimas de tráfico en la última década) y económica (2,3% del gasto en enfermedades), debería merecer una mayor atención política, sanitaria y ciudadana.
Un llamamiento que la profesora de Psiquiatría de la Universidad de Oviedo hizo extensible a los medios de comunicación, a los que animó a hablar del asunto «desde un punto de vista educativo» y a evitar el «tratamiento desmesurado y morboso de un suicidio en particular».
A su juicio, «hace falta concienciar de que es un problema real», porque eso permitirá «detectar a personas en riesgo para poder pedir ayuda a los profesionales». Es importante, por ejemplo, que los médicos de familia (más de la mitad de los suicidas habían pasado por la consulta de primaria en el mes anterior) conozcan y manejen las claves para poder descubrir ese riesgo y hacer la correspondiente derivación a los especialistas en salud mental.
1397124194 Elaboración previa. De hecho, como apuntó el secretario de la Sociedad Española de Psiquiatría, Manuel Martín, «salvo una pequeña proporción, los suicidios no suelen ser impulsivos, sino resultado de una fase de elaboración previa».
La persona que se plantea quitarse la vida «va contando, haciendo alusiones» en los círculos en los que se mueve, unas veces con expresiones de despedida -”del tipo de «es la última vez que vengo» o «que me veis»-” y otras con frases de hastío y fatiga de la vida que sugieren una total desesperanza porque «esto no tiene solución». Lo habitual es que lo «avise», coincidió Sáiz, aunque sea con «expresiones muy indirectas» que «a veces son una forma de pedir ayuda».
La clave de ésta está en conocer lo mejor posible los factores que pueden desencadenar el suicidio, cuya base biopsicosocial nadie discute. «La carga genética lleva el 45% del peso de esa conducta», recalca Sáiz, aunque tal susceptibilidad implica a «múltiples genes» y no puede ser analizada por sí sola. Lo mismo sucede con el componente psíquico, ya que, si bien «en el 90-95% de casos hay antecedentes de trastornos mentales», éstos son «causa necesaria, pero no suficiente».