El paisanaje | antonio núñez
Bohemios
Artem Valerievich Eremin -”Arty para los amigos-” es un ruso de Crimea, donde lo que sobra es petróleo, que se gana la vida en la calle Ancha tocando el acordeón cuando le sueltan unas perras en la gorra. Muy mal debe de andar el condumio en su patria, la antigua Unión Soviética, que no era ni lo uno ni lo otro según se demostró después, para que el músico callejero tuviera que venir aquí a sacarle brillo al fuelle.
Arty se ha hecho famoso en León por ganarle una rocambolesca batalla al Ayuntamiento, que le quería echar de la puta calle a no se sabe dónde, casi tan heroica como la carga de los lanceros de la Brigada Ligera en Balaklava, que debe ser también algo así como el casco antiguo de su pueblo. La Policía Local tenía orden de desalojarle -”alejamiento se dice ahora-” en un kilómetro a la redonda desde la Diputación hasta la Catedral por las quejas de vecinos pudientes de la zonas disconformes con el arte del músico callejero. Algunos se creen Napoleón porque mandan la órdiga en la alcaldía, aunque carezcan del buen gusto del general corso, para el que la música era «el menos molesto de los ruidos». Después de los cañones, por supuesto, que atronaban casi tanto como los mil pubs del barrio Húmedo.
El caso es que Arty podrá volver a la Calle Ancha cuatro días a la semana, de jueves a domingo, tras arduas negociaciones con el portavoz municipal socialista, Ibán García, y la concejala de Sanidad, Comercio y Consumo, María Rodríguez, bastante duros de oído ambos. El acordeonista deberá rotar, no obstante, en sus conciertos de la Catedral al Palacio de los Guzmanes y el resto de la semana ensayar en la periferia, previa renovación de un permiso mensual expedido por no se sabe aun qué ventanilla burocrática. Con la crisis que está cayendo en esto se gastan el tiempo nuestros concejales.
Y el dinero, aunque con el ruso no, que sale gratis. Pero hace apenas dos semanas el Ayuntamiento pagó de su bolsillo, que es el nuestro, una serie de horteradas pijomodernas ahora llamadas «perfomances». En una salía un jeta tocando campanas con mucho arte, según el Musac, desde el balcón del Nuevo Recreo Industrial de la plaza de San Marcelo. En la otra y justo al lado una moza se despelotaba rociándose luego las tetas y el felpudo con tinta roja. Dos paisanos de la Sobarriba que pasaban por allí opinaron del primero que probablemente se tratara de un sacristán llamando a misa con cargo al «plan E» de las ayudas municipales de Zapatero. Y de la segunda que, una de dos, que era una puta que vivía de puta madre de los Presupuestos Municipales -”esto último con perdón-” o una forastera con la menstruación positiva entre sexos de la ministra Bibiana Aido. O las dos cosas a la vez. O una chorrada.
Arty sale barato, a lo mejor es eso lo que les fastidia, y da gusto oirle interpretar las «Zsardas» de Monti y «El vuelo del moscardón», aunque con el «Bolero» de Ravel se pone un poco pesado y repetitivo de tantas variaciones sobre el mismo tema, aunque no sea culpa suya, la partitura es la partitura. Congratulémos, en fin, de que la burocracia municipal no haya podido ponerle horario, o sólo a medias, al acordeonista ruso. Quizá el camarada Valerievich sea uno de tantos ingenieros atómicos de la extinta URSS obligado a dedicarse a la bohemia desde la caída del muro de Berlín y que necesita que alguien le ayude con tal de que no sea Putin. Así que prepárese el lector para aflojar la mosca, porque ahí va el programa de conciertos: el próximo sábado, a partir de las 11.30 horas, en la zona de la Catedral y a continuación un bis en la Diputación. Vamos a ser la leche de gente, así que convendría que el Ayuntamiento fuera colocando carteles en la calle Ancha con el aviso de que «la entrada será libre hasta que se complete el aforo».
Lo de «se reserva el derecho de admisión» sería pasarse, aunque no hay que darle nunca ideas al alcalde.
Dale al fuelle Arty, macho.