Cornada de lobo | pedro trapiello
Hijas desnudas
Dice Sócrates Valdueza que hay tontos en esta villa que en el patio de su casa juegan a un republicanismo de sonajas y pagan después la peor de las exaltaciones monárquicas, cantando la corona de un pasado real (imperial, tío), que ronca los huevos a los leoneses difuntos que sufrieron vasallaje con aquellos feudalismos que ahora el necio festeja (y con los que, además, se disfraza, alborozándose como un bobín con una tiza).
«La inteligencia me persigue, pero yo corro más que ella», dijo un León vestido con ropón de atrezzo y un manto regio de pura pana... y exige que le canten a la oreja todo el día aquello de «sin León no hubiera España», o sea, hé aquí la maternidad de la patria, cosa por la que tenemos que arrostrar un serio inconveniente, pues cada vez que vascos o catalanes y algún cepo gallegote se cagan en la madre de España, se nos llena esto de mierda llovida del cielo. Se sugiere, pues, que se renuncie urgentemente a ser madre de nadie y que apeen ese verso del himno para decir de una vez la verdad, toda la verdad: que España (en realidad y realmente) no tiene madre, sino muchos padres, mucha hombría de lanza tiesa y muchos reinos paritarios que, a base de follarse y reñir, han compuesto un inestable matrimonio que, quinientos años después, sigue felizmente follando y riñendo, aunque en sede parlamentaria, civilizadamente, esto es, con vaselina... y sanción real.
Esto empezó siendo un tumulto de taifas particulares, un caos de señorío y condado con sus fronteras y mojones ensangrentados, reinos de mala vecindad que lo mismo que se casaban, al día siguiente se degollaban... gran lío de linajes y reyes. A los lectores del «Hola» medieval les mola y les pone recrear estos casorios y rupturas... alguno sueña incluso con aquellas lindes y se pone faldumentos añorando el reino... viva la monarquía de horca y cuchillo... vuelven lo real y lo iReal ... ¡ay madre, cómo huele padre a vino!...
Leyó Sócrates que lo de «León Real» ni está ni se le espera, que no han pergeñado aún el gran fasto anunciado. Ocurrirá lo de aquella mujer que no había comprado a las hijas los vestidos de estrenar en la fiesta del pueblo y en la víspera exclamó «¡ay juasús, san Roque encima y mis hijas desnudas!».