Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Al comenzar el Adviento, nos enfrentamos a un dilema que, necesariamente, hemos de resolver: o repetir sin más un ciclo litúrgico, con su comienzo hoy, su duración de aproximadamente un mes y su conclusión en el día de Navidad, como tantas veces hemos hecho y tal vez haremos, o tomarnos en serio este tiempo y hacer de él una experiencia nueva que nos haga avanzar en nuestra vida cristiana. O un Adviento circular, de repetición del ciclo, o un Adviento lineal, de vivencia que nos conduzca a la cercanía al Señor. Lo primero es más fácil y cómodo, incluso más propicio por el ambiente que nos rodea. Pero también inútil para nuestra vida y para colmar nuestras ansias de felicidad. Lo segundo es más difícil y exigente, pero también más gratificante.

Sin embargo, según la Escritura, es esencial al cristianos estar orientado hacia adelante: al Señor que ha de venir en poder y majestad. El cristiano cree y confiesa que el perfeccionamiento definitivo comenzado con Jesucristo se cumplirá cuando él vuelva. Lucas es el evangelista sinóptico que menos participa de esa visión cósmica de los acontecimientos finales; aunque también hable de la remoción y renovación del universo, pone el acento principal de su anuncio en la orientación de la vida hacia la llegada de Cristo. Todo creyente tiene que ser examinado a la luz de la persona de Jesucristo, y feliz aquél que pueda mantenerse ante su mirada. Vivir así, con la mirada puesta en el Señor... es para San Lucas vivir cristianamente. De todo esto se desprende que, cuando escuchamos su evangelio, las cuestiones sobre el cómo y el cuándo de los acontecimientos han de ser trasladadas a un segundo rango.

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía en totalidad. Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero». Estas palabras no han perdido actualidad pues los hombres seguimos matando la esperanza y «embotándonos» de muchas maneras. Eso quienes se apuntan al «comamos y bebamos, que mañana moriremos», pero también quienes, llamándonos cristianos, caemos en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que el Mesías llegará cuando llegue». Cuando en una sociedad los hombres tienen como objetivo casi único de su vida la «buena vida», allí muere la esperanza. Los hombres satisfechos no desean nada nuevo ni quieren cambiar el mundo ni les interesa esperar una vida futura mejor. El presente les satisface y les basta. Quien ama de verdad la vida y se siente solidario con los otros, sufre el desasosiego y la intranquilidad de comprobar que la felicidad a que estamos llamados aún no ha llegado a todos.

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