Cornada de lobo | pedro trapiello

Los berros de Úbeda

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pedro trapiello
León

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Tomé ayer café con Sócrates Valdueza y eso tiene siempre su dicha y su peligro, pues propende a alargarse la cita y el muy cabrón acaba dictándote el artículo como quien no quiere la cosa. Esta vez no quiso enredarse en la resaca catalana que vino tras la tormenta en un vaso hecho urna, ni de la insostenibilidad insostenible cuando se juntan los virreyes autonómicos de la nación, ni de la barahúrda cazurrante que se pone catalanera y chamorrona... y se le fueron las cabras por lo escabroso y por los berros de Úbeda: A buena parte de mujeres suelen caerles muy bien los homosexuales, siempre que no sean pelín locas, osos peludos o lobas perdidas. La delicadeza que por lo general adorna a esta opción sexual les hace cercanos al latir femenino y a comprenderse; tienen perfectamente claro que ambos están sometidos a la histórica prepotencia masculina, el mundo varón petulante con su tosca filosofía de la caricia y su pulida ley del guantazo.

Hay mariquitas finos que a muchas mujeres les parecen adorables... por lo dicho y porque en el fondo albergan ellas la secreta e improbable esperanza de redimirles de su «extravío» y atraerles a su propio huerto, al perejil, al cauce natural que dicen por no llamarlo chirri o potorro.

Qué lástima, qué desperdicio de cuerpo serrano y de criatura, suelen exclamar tantas cuando ven a tal artista o cual famoso fuera de su armario destilando buenas maneras, elegancia probada, pluma simpática o risitas escandalosas de patio de ursulinas. Las hay rendidas o fascinadas con éste o con el otro. ¿Y cuántas no pensarán en Jesús Vázquez, Bosé o el Cantizano cuando tienen a un ceporro en la cama o encima?... La última vez que vi a Felicidad Blanch, viuda de Panero, esperando el tren que la llevaría, me confesó que debió haberse fugado en su día con el poeta Luis Cernuda; ¿pero no era homosexual?, le indiqué; precisamente por eso, me contestó.

A donde quería llegar Sócrates con todo este rollo era a dos preguntas capciosas: ¿por qué no se dan parejas entre un homosexual y una lesbiana?, pues tiene su lógica; y ¿a quién elige una lesbiana si quiere ser madre, a un homosexual o un macho machorro?...

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Vale, Sócrates, le dije. Y le valió.