Los expertos advierten: este otoño aumentarán las visitas al hospital por las lluvias torrenciales, el polen y los mosquitos
Si el verano afecta a la salud por el calor extremo, al bajar las temperaturas surgen otros peligros como el incremento de los casos de asma y de enfermedades infecciosas
Una abeja cargada de polen
Termina un verano con récord de temperatura y de muertes atribuibles al calor. Entra el otoño, pero el clima sigue como en verano. El cambio climático se manifiesta en la presión sanitaria como una "realidad tangible", tanto en los ingresos como en urgencias. El primer fenómeno que incide en la salud sucede con las olas de calor. "Viene más gente a urgencias y hay más ingresos por fallos multiorgánicos con temperaturas internas de más de 41õC. Casi con pérdida de conocimiento y alteración del nivel cognitivo", afirma María Villalonga, médico del Servicio de Medicina Interna del Hospital Son Espases (Islas Baleares) y miembro del Observatorio del Cambio Climático de la Sociedad Española de Medicina Interna. "La segunda causa es la insuficiencia renal y la tercera, el ictus". Pero la incidencia del cambio climático afecta a la atención sanitaria "todo el año, no hay ninguna duda", ratifica Villalonga.
Al bajar las temperaturas y empezar las lluvias con periodos afectados por el calentamiento de los mares, un factor relacionado con el calentamiento global, que tiene especial incidencia en España, es la ampliación de la temporada de polinización, "más intensa y con más densidad de polen en el aire en primavera y otoño", explica Javier Murillas, jefe de servicio de Medicina Interna en el Hospital Son Espases. "Produce más problemas de alergias respiratorias con asma. La suma de la mala calidad del aire y los alérgenos de tipo polen es una estimulación continua de nuestro sistema inmunológico".
Otro peligro para la salud que ya existe por el cambio climático es la alteración de los vectores que transmiten enfermedades infecciosas.
"La temporada de mosquito dura más tiempo tiempo y aparece en latitudes más alejadas de los trópicos", refiere Murillas. "Cada vez más al norte hay más tipos diferentes de mosquitos, especies nuevas y durante más tiempo, que además son más eficaces transmitiendo enfermedades. Con lo que ya no es solo la temporada de mosquito y garrapata durante el verano, sino también durante la primavera y el otoño".
Este comienzo de curso seguirá la tendencia al alza de presión sanitaria por causas atribuibles al clima, que antes no eran un problema, también debido a fenómenos atmosféricos como las lluvias torrenciales. El mar se calienta y causa este tipo de precipitaciones. "Si son muy torrenciales, como las de Valencia, puede ocurrir, por una parte, la destrucción de infraestructuras, que dejan sin servicio a los pacientes crónicos, como los que necesitan diálisis u oxigenoterapia", dice Villalonga. "Por otro lado, se producirá una serie de enfermedades infecciosas principalmente a nivel del agua, sobre todo de vibrio (un tipo de bacterias) y hongos".
En un efecto circular, las danas también producen más agua residual, que permite que el mosquito y otros insectos transmisores de enfermedades depositen sus huevos y se multipliquen. "Se hace más fácil que piquen y transmitan el patógeno al humano", acota Murillas.
Es difícil ser optimistas. "Los escenarios para 2050 son devastadores", mantiene Villalonga. "El continente que más va a sufrir es Europa por aumento de temperaturas. Van a llegar episodios extremos, inviernos peores y veranos cada vez más largos. Debemos prepararnos. La ciudadanía tiene que aprender, por ejemplo, a ver el índice de calidad del aire.
Hay que tener en cuenta sus efectos por las partículas PM-2,5 (en suspensión con diámetro de menos de 2,5 micrómetros) que llevan microorganismos".
Resiliencia y aprendizaje ¿Está preparado el sistema sanitario para este aumento progresivo de la demanda? "Lo primero que hay que hacer es la resiliencia, adaptarnos, y después, mitigar, porque esto es ya una realidad", reflexiona Villalonga.
"Se volverán a producir danas, pero deseamos que las próximas no sean tan mortales como la de Valencia, que nuestros políticos hayan aprendido la lección".
Esta preparación es "más de índole social que sanitario", mantiene Murillas. "Hay que adaptar los edificios para que soporten mejor las altas temperaturas; facilitar que la gente sin recursos pueda tener acceso al aire acondicionado; crear refugios climáticos y más áreas verdes que disminuyan el efecto isla de calor en las ciudades; imponer normas laborales que eviten que los trabajadores tengan que someterse durante el verano a altas temperaturas en las horas centrales del día o que los centros de trabajo estén adecuados desde el punto de vista climático. Además hay que reforzar los sistemas sanitarios para atender al incremento de demanda y formar al personal sanitario".
Ahora bien, este verano que termina en el calendario, los más vulnerables han sido los mayores de 65 años, los "polimedicados con fármacos que alteran nuestro termostato, que afectan a nivel del hipotálamo e hipocampo y que, en el caso de las enfermedades cardiacas, hacen perder más líquido por el riñón", explica Villalonga, que trabaja en Mallorca, donde "por primera vez" hay temperaturas superiores a los 40õC en septiembre.
Aunque este año, con un verano meteorológico que no acaba, no se han analizado los datos totales, "subjetivamente sí se registran más diagnósticos por insuficiencias renales debidas al calor extremo, tanto por lo que hay en el exterior como por lo que hay en el interior de las casas, cuando no tienen temperaturas estables y adecuadas. Hay personas que deben salir de sus hogares y buscar un refugio climático, a pesar de que se les dice que se protejan en sus casas".