Quijotes anónimos
Don Quijote era un enfermo mental, sufría trastorno bipolar, aunque el diagnóstico ha llegado con cuatrocientos años de retraso para el personaje cervantino más universal. Así lo asegura el prestigioso psiquiatra Alonso Fernández, miembro de la Academia de Medicina de España, en su libro El Quijote y su laberinto vital . El psiquiatra ha puesto en el diván al caballero andante y concluye que Don Quijote usurpa todo el protagonismo a Alonso Quijano, un hidalgo que vivía «una existencia aletargada, frustrante, de un enorme vacío existencial». Con la exaltación de la fantasía se transforma en caballero, el sueño de su vida. Pasa de las fases delirantes y maníacas, a las depresivas, cuadro característico del trastorno bipolar. Alonso Quijano al convertirse en Don Quijote tiene un delirio de transformación de su personalidad que abarca toda su identidad, según el psiquiatra. El delirio de grandeza le hace creerse el mejor caballero andante del mundo y «todo en él se transforma salvo el género -sigue siendo un hombre- y la condición humana, que también conserva». Además, señala el ensayo, el delirio cambia la apariencia de las cosas. De esta manera «el ventero se convierte en alcaide de un castillo, los molinos de viento en gigantes, los rebaños de ovejas en ejércitos y las posadas en castillos». Cervantes, al forjar este personaje, dio muestras del gran conocimiento que tenía de las enfermedades mentales. Pero la diferencia de Don Quijote con los pacientes actuales es que él nunca tuvo la oportunidad de ser diagnosticado -salvo por el certero pensamiento de Sancho Panza, que lo consideraba un trastornado- ni de acceder a un tratamiento, aunque recobra su identidad cuando sufre una afección febril grave y finalmente, Don Quijote recobra la paz y la lucidez en el momento antes de morir. Don Quijote es un personaje universal, pero ficticio y los pacientes actuales son seres anónimos, pero reales.