lunes 30/11/20

Que no venga el frío ni nos coja la lluvia

josé enrique martínez


En su día saludé La víspera (2014), de Rodrigo Olay, como el poemario que revelaba una voz nueva y joven. El poeta asturiano ha demorado cinco años la edición de su siguiente poemario, Saltar la hoguera, dejando macerar las palabras, sin las prisas de otros por publicar. Olay cuenta lo que ve o lo que recuerda para darle un sentido que podemos llamar vital. El amor, la amistad, emociones vividas, viajes, lecturas, los «pequeños dones» de la vida. No le importa para ello bajar el tono, elevar lo coloquial a fraseo poético e incluir, si es preciso, locuciones oídas y sobre todo leídas, porque Olay, que proviene de la filología, tiene su cabeza poblada de versos ajenos y es un lector agradecido. En ocasiones son préstamos fácilmente detectables, aunque reelaborados, de Neruda («Puedo escribir las noches más tristes este verso»), Machado («siempre es todavía») o Garcilaso («verme morir en mi memoria triste», «y nada quien no muera en su cuidado»). Otras veces el poema necesita un lector avispado para reparar en que «rotos timón y quilla» no es más que una reelaboración de un verso de Otero («rotos rumbo y remos») o en que la mención de la «torre abolida» remite a un famoso verso de Gerard de Nerval («Le prince d’Aquitaine à la tour abolie»). Son solo algunos ejemplos. En cualquier lector habitual de poesía resuenan versos y enunciados que puede atraer hacia sus poemas desde la enciclopedia abierta de la tradición. Lo hace Olay vivificando las viejas fórmulas, como lo han practicado los poetas con los que parece sentirse más identificado a juzgar por dedicatorias y menciones: Luis Alberto de Cuenca, Miguel d’Ors, Sánchez Rosillo, Andrés Trapiello, Antonio Cabrera..., poetas que tienden a escribir una poesía comunicativa desde la exigencia y el cuidado de la forma.


Es un aspecto este, el de lo formal, que Olay domina tanto como sus maestros. Al igual que con los préstamos verbales, Olay hereda y renueva formas tradicionales, ritmos, desde el poema inicial en que se explaya en la hoy poco cultivada estrofa de la Torre, hasta el uso del soneto o del versículo, sin eludir la falta de puntuación; así ocurre en el poema que se titula como el propio poemario y que evoca un amor adolescente como «pavesa desprendida del recuerdo». No quiero dejar sin aludir a los nueve haikus, estrofilla de moda, que Olay escribe con finura y delicadeza: «Esa canción... / Qué secreto sendero / hacia nosotros».

Que no venga el frío ni nos coja la lluvia
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