martes 31.03.2020

El espejismo de matar animales que se supone salvajes dura ya veinte años

A finales de los ochenta sólo había en España tres granjas agrocinegéticas ubicadas en Burgos, Navarra y Ciudad Real, partir de las cuales se produjo una espectacular expansión en las regiones con mayor tradición cazadora. Burgos y Navarra tenían su particular clientela para cotos intensivos en el País Vasco, en tanto que Castilla-La Mancha vivía de los cazadores urbanos de Madrid. En León se aprovechó la demanda de gallegos y asturianos para hacer lo propio, de modo que también crecieron, aunque a nivel modesto, las explotaciones de perdices. O no tanto, porque la media es de decenas de hectáreas y de decenas de miles de animales. Victor Molleda, criador de perdices y dedicado también a la guardería de cotos en las faldas del Teleno que lindan con Castrocontrigo, cree que la caza se habría agotado hace ya tiempo si no fuera por las repoblaciones que resultarían difíciles de clasificar como «semidomésticas» o «semisalvajes». En todo caso la totalidad de la producción de su granja se destina a repoblación para que las aves vuelvan, a su vez, a críar en el campo por su cuenta y riesgo. Molleda dice ser uno de los criadores más puntillosos en el negocio, hasta el punto de ser el único cuya empresa cuenta con un certificado de pureza genética controlado periódicamente por la Universidad de León. Para él es muy importante, «porque otras empresas se han limitado a comprar aves reproductoras en Francia y soltar luego lo que salga sin más, con lo que cualquier parecido con lo autóctono o perdiz roja española era pura casualidad». Otras explotaciones son menos exigentes y abren o cierran con toda naturalidad sus producciones, limitándose a abrir en un entorno medioambiental privilegiado cuando hay demanda y a cerrar temporalmente cuando escasea. Ahora hay media docena de ellas en esta situación en espera de que las cosas mejoren. Son todas pequeñas granjas concebidas como una explotación familiar complementaria a otras actividades en el Bierzo y Tierra de Campos.

El espejismo de matar animales que se supone salvajes dura ya veinte años