jueves. 30.06.2022
El correo de la ‘radio roja'

Las cartas bercianas a la radio Pirenaica

La emisora clandestina del PCE, que emitía desde Bucarest, narró el impacto de las huelgas mineras de 1962 y 1963 en el Bierzo a través del correo que recibía

Lo cuenta el historiador Alejandro Martínez

                      El historiador Alejandro Martínez. DL
Armand Balsebre y Rosario Fontova ya bucearon en los archivos del PCE para escribir su libro. DL

Eran los años de huelgas de trabajo lento y brazos caídos en Antracitas de Fabero y Radio España Independiente, la ‘emisora roja’ a la que todo el mundo conocía como La Pirenaica porque pensaban que emitía desde la frontera con Francia cuando en realidad lo hacía desde Bucarest, se convertía en altavoz de las protestas en las cuencas mineras. ‘Aquí Radio España Independiente, estación Pirenaica, la única emisora sin censura de Franco’, anunciaban en las ondas. Estamos en 1962 y, veinte años después de su primera emisión en el exilio de Moscú, La Pirenaica empieza a radiar el mayor conflicto obrero bajo el régimen de Franco, que está a punto de celebrar los ‘Veinticinco años de Paz’ con una campaña de propaganda institucional. Y hasta Bucarest también llegan las cartas de los oyentes clandestinos que sintonizan el dial desde el Bierzo.

                      Armand Balsebre y Rosario Fontova ya bucearon en los archivos del PCE para escribir su libro. DL                    Lo cuenta el historiador berciano Alejandro Martínez, autor de La primavera antifranquista. Lucha obrera y democrática en El Bierzo y Laciana (1962-1971), editado por Marciano Sonoro. Si en 2014 Armand Balsebre y Rosario Fontova hacían en Las cartas de La Pirenaica. Memoria del antifranquismo (Cátedra) un balance general de la correspondencia que le llegaba a la emisora con testimonios de la represión franquista —se conservan más de 15.500 misivas en el Archivo Histórico del PCE—, Martínez escarba ahora en los textos que los mineros, los obreros de Cosmos, los campesinos y los comunistas de Ponferrada enviaban a Radio España Independiente para denunciar la precariedad labora, los abusos y las corruptelas, y pedir que informaran de las huelgas mineras y de las estrategias de las empresas para dividir a las plantillas y acabar con las protestas. Correo de la Pirenaica se titulada aquel programa.

Radio España Independiente había nacido el 22 de julio de 1941 en Moscú, impulsada por la dirigente comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria, como vía de información y de propaganda. La radio clandestina ocultaba deliberadamente el lugar desde que el que emitía y el apelativo ‘estación Pirenaica’ con el que encabezaba sus programas pretendía que los oyentes que sintonizaban su dial en el interior de España la sintieran más cerca de lo que realmente estaba. La radio de los comunistas españoles en el exilio soviético emitió solo unos meses desde Moscú. La invasión de la Unión Soviética por los nazis ese mismo verano de 1941 y el avance relámpago de las tropas alemanas en la Operación Barbarroja obligó en poco tiempo a retirar la emisora hasta la ciudad de Ufá, en la República de Baskiria. Allí siguió acabada la guerra. Y en 1955, muerto Stalin y con la Unión Soviética repartiendo actividades entre sus aliados del Pacto de Varsovia, se trasladó a su última ubicación en Bucarest.

                      Fotografía sin fechar de instalaciones de la radio. DL

Fotografía sin fechar de instalaciones de la radio. DL

¿ Y cómo llegaban esas cartas desde el Bierzo a la capital de la Rumanía comunista? «Las cartas salían del Bierzo y Laciana a direcciones de Francia y desde allí eran reenviadas a Bucarest», explica Alejandro Martínez. Se trataba, en muchos casos, de misivas remitidas por los ‘corresponsales’ de la emisora, algunos ocasionales, que se ocultaban bajo seudónimos como Lillo, que se refiere a Andrés González, encarcelado en 1963, Antón y Torres, apodo de Ramiro Pol en Villablino, o el misterioso Pepe, que escribía desde Ponferrada y cuya identidad real aún sigue siendo una incógnita. «Sospecho que Pepe eran varias personas, aunque había un tapicero llamado Manuel Jesús López relacionado con curas obreros que pudo escribir la mayoría», dice Martínez.

Las primeras cartas a partir del mes de abril de 1962, momento en que comenzó la huelga minera, denuncian a «esquiroles, colaboracionistas y chivatos», cuenta el historiador, y buscan su «aislamiento social». Hasta Bucarest llegan cartas con «listas de chivatos de los grupos, lavaderos y fábrica de briquetas de la Minero ese pe (MSP) en Ponferrada, señalándolos con nombres y apellidos y pueblos de procedencia». Entre los huelguistas se temía a los infiltrados, confidentes de la policía y las cartas con esos listados, aunque la huelga concluyó a los dos meses con algún avance laboral y numerosos mineros deportados, todavía seguían llegando a La Pirenaica en diciembre.

¿Y qué veracidad tienen esas cartas y esas emisiones de programas antifranquistas? «Alta —responde Alejandro Martínez— porque los militantes que envían denuncias sobre sus puestos de trabajo o sobre las huelgas perderían toda credibilidad con sus compañeros si cuando los escuchen ven que los datos no se corresponden con la realidad. Incluso las propias jerarquías del régimen lo reconocen». Asegura el historiador que tras la primera emisión del corresponsal de Fabero sobre la huelga el 11 de abril de 1962, en la que hace «una descripción precisa» de las condiciones precarias de trabajo de los mineros de la cuenca, el propio secretario general del sindicato vertical franquista, Pedro Lamata le pide explicaciones al delegado provincial, que «lejos de desmentir la situación, reconoce que lo que afirma la radio es real», eliminados los detalles demagógicos.

«La Pirenaica sirve como catalizadora del conflicto. Llega allí donde no llegan las organizaciones ilegales, sirve para informar cuando los medios oficiales no dicen nada, supone un refuerzo moral a las acciones de los huelguistas y permite cierta interacción entre el foco del conflicto y el resto del país», afirma Alejandro Martínez, que tiene claro que «la radio comunista se erige como contrapoder» y «el apagón informativo» de los medios oficiales sobre la huelga hace que los oyentes busquen información en la ‘radio roja’.

A partir de ahí, las cartas que recibe La Pirenaica «crecen de forma exponencial». Mensajes y consignas se mezclan con el diario hablado de la huelga. Aunque el responsable de información del Partido Comunista de España (PCE) en Ponferrada, Pepe, «quema varias cartas antes de enviarlas por miedo a ser descubierto».

De nuevo en 1963 se declara otra huelgona en las cuencas. «En Antracitas de Fabero se registran distintos paros. La dirección trataba de dividir a la plantilla aumentando el sueldo solo a los picadores, despidiendo a algunos huelguistas y sancionando a otros en el Pozo Julia». Las ondas de La Pirenaica señalan entonces «a los chivatos y directivos que —cita Martínez— ‘tratan de quitar el pan a nuestros hijos y nuestras compañeras’». La radio nombra así «al abogado de la empresa, Trigales, a Manolito, El Nacanico, al administrador Zavala o al vigilante Branca, de Corradinas». Las cartas les reprochan que desafíen a los huelguistas con la Guardia Civil y les advierten de que «nadie les envida el oficio ni el porvenir», cuenta Martínez.

A veces, el enfrentamiento era directo. «Los abusos, desafíos y agresiones de algunos vigilantes sobre trabajadores vulnerables, especialmente guajes eran respondidos directamente por los mineros más veteranos que los cogían a escondidas, en la intimidad de la mina y sin testigos, les apagaban la luz y les ‘abanicaban’ el cuerpo», relata el historiador.

Cuando acaba la nueva huelga, el alcalde y jefe local del Movimiento en Toreno, José Valladares Rodríguez, escribe en una carta a su superior provincial, Amando Fernández, que la emisora ha perdido la batalla en las minas. «Nos han creído, han vuelto al trabajo sin hacer caso de la radio Pirenaica». Y expresa la necesidad de mejorar el trato a los mineros «para que no nos abandonen y se entreguen de nuevo en manos de agitadores profesionales».

                      Cubierta del libro de Martínez. DL

El historiador Alejandro Martínez. DL

Al margen de las apreciaciones del régimen, La Pirenaica ya se ha consolidado como buzón a donde dirigir las denuncias laborales. Así ocurre con la queja de los trabajadores del soterramiento de la red telefónica de Ponferrada despedidos; con la contratación de «chavales» menores de edad por una constructora que trabajaba en la carretera de Caboalles, que los deja sin empleo porque el clima interrumpe las obras, no les paga toda la nómina y los tacha de ‘guelguistas’ en el cuartel de la Guardia Civil cuando le reclaman la deuda. De esa época son varias cartas de un trabajador comunista de Cementos Cosmos, en Toral de los Vados, que denuncia «los jornales de miseria» o del trabajo en domingo, algo que consiguen eliminar con la ayuda de un cura.

«La correspondencia que los comunistas bercianos envían a La Pirenaica da cuenta de las quejas por los aumentos de los precios de los alquileres o del nepotismo en la entrega de viviendas de la MSP en Ponferrada. Las más grandes, independientemente de las necesidades, son entregadas a ‘los recomendados y los niños bonitos de las oficinas’», afirma Martínez que relata una de las cartas de mediados de los sesenta que ha consultado en el Archivo Histórico del PCE,

Barrios a oscuras

El correo que llega a Bucarest desde Ponferrada también habla de la falta de servicios públicos o del deficiente alumbrado y la red eléctrica, evidente en barrios obreros como Cuatrovientos, Flores del Sil, La Placa y Compostilla, a pesar de ser el Bierzo una zona productora de energía. También denuncian las cartas la carencia de agua potable en un colegio nuevo como el de Flores del Sil, con los baños cerrados. Y de «atraco a mano armada» califican el cobro por parte del Ayuntamiento de Ponferrada del enganche del agua o de los «impuestos a las goteras» de las casas del Camino Real entre San Cristóbal de Valdueza y Espinoso de Compludo.

También llegan quejas por la subida de los impuestos a las viviendas y pajares de Arganza, con amenazas de embargo o el aumento de las tarifas de riego en Villadepalos, del bajo precio de las patatas en Cacabelos, a pesar de la gran cosecha de 1963, o de la «corrupción de los jerarcas de la Tabacalera» a la hora enviar las semillas. Protestan las cartas porque la empresa pública solo les manda las de mejor calidad a los falangistas locales y a ellos les descuenta 50 y hasta 100 pesetas en el pago de la cosecha para costear la ampliación de la fábrica.

Los 25 años de paz de Franco, son 25 años de hambre, en otra carta de la época. La emigración aflora y la entonces Empresa Nacional de Electricidad tampoco cumple las expectativas. «¿Dónde están los centenares de miles de puestos de trabajo que el Plan de Desarrollo debería crear? En Francia, en Suiza, Bélgica, Alemania», se responde así misma un nueva misiva leída en el programa de La Pirenaica. A partir de 1971, la radio clandestina añade una nueva coletilla a su presentación: «la única emisora «sin censura de Franco, ni del Opus Dei», dice La Pirenaica para comenzar sus emisiones. Se acerca la Transición, la muerte de Franco en la cama de un hospital, la legalización del PCE, el regreso de La Pasionaria, de Santiago Carrillo, del poeta Rafael Alberti, siempre en la órbita comunista, y el 14 de julio de 1977 Radio España Independiente emite, ahora sí desde Madrid, su último programa; la retransmisión en directo de la primera sesión de las Cortes recién salidas de las urnas. Aquel día, quienes sintonizaron la frecuencia de La Pirenaica para escucharla por última vez ya no tuvieron que preocuparse por mover el dial al término de la emisión.

Las cartas bercianas a la radio Pirenaica