martes 17.09.2019
El baile del ahorcado

Un diálogo consentido

He hablado largo y tendido con un amigo con el que me separan algunas ideas. Utilizo la preposición ‘con’ a propósito. Si usara el correcto ‘de’ estaría asumiendo que separar es un verbo unívoco y yo creo que la divergencia inteligente es la única manera de progreso y, desde luego, de permanecer juntos en lo esencial. Hegel mediante, mi amigo y yo hemos recortado distancias en ciertas cosas y nos hemos mantenido en tablas en algunas otras. Es más joven —así, sin comparación, porque yo ya he cumplido el verso de Gil de Biedma y a él le queda girar la próxima esquina—, con lo que tiene la ventaja asegurada de que es capaz de sorprenderse en casos en los que a mi ya no me caben más decepciones. Cree, por ejemplo, en la posibilidad de la política para cambiar las cosas. Yo, también, aunque le pongo menos énfasis. Pienso que el materialismo ya no sirve porque el mundo al que castigó dejó de existir. Las dinámicas que demuestran que vivimos en el mejor de los mundos posibles son ciertas (al menos para mí) y el poder se ha convertido, hoy más que nunca, en una tensión entre pares, entre iguales.

Hemos discutido mi amigo y yo acerca de cómo debe entenderse la autoridad, y creo que hemos acordado que ha de gestionarse como un diálogo (con)sentido. En eso radica todo, en que tenemos ante nosotros un sinfín de posibilidades. La diferencia es que los hay que reflexionan y, otros que siguen vinculados a un atavismo prehumano. Por eso, mi amigo y yo hemos debatido con una mentalidad ampliada, poniendo en tela de juicio todos los puntos de vista para encontrarnos en esa incertidumbre que hace que vivir siempre signifique vivir entre los hombres. Mi amigo e?stá a punto de iniciarse en el mundo de la responsabilidad política. Mucha suerte y no olvides que esto no es más que una comunidad de comunicación. Por eso te regalé el libro de Hannah Arendt.

Un diálogo consentido
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