miércoles. 01.02.2023
La gente, cuando va a la pescadería o al médico del Seguro y pregunta aquello de «¿quién da la vez?», suele agarrar unos cabreos monumentales si en la cola tiene a quince o veinte por delante. Este tipo de reacciones son razonablemente disculpables, aunque de mala educación. Bueno, pues eso no es nada comparado con lo que está pasando en las listas municipales, donde las colas para apuntarse dan la vuelta a los pueblos y, en ocasiones, hasta se salen del mapa, todo ello sin que nadie dé la vez, no vaya a ser que se la quiten. Baste decir que para ser alcalde o concejal de cualquiera de los 212 municipios de la provincia hay como mínimo cuatro o cinco listas -la del PSOE, la del PP, la de la UPL, la de IU y la de los que no están de acuerdo con nadie- las cuales, multiplicadas, a su vez, por nueve miembros de media en cada corporación, arrojan la nada despreciable cifra de diez mil candidatos. Y alguno más si se suma los que aspiran al chollo de la Diputación, al de las Cortes autonómicas o al de los cargos a dedo de la Junta. Así las cosas y descontados los jubilados y los niños, o sea el 40% de la población, se deduce matemáticamente que uno de cada veinticinco leoneses quiere salir elegido en mayo. Y miran al resto del vecindario como quien deshoja la margarita: éste me quiere, éste no me vota, etcétera. Hay que estar muy lila para no darse cuenta. Y a la caza del votante en flor todos los alcaldes se ponen estos días un capullo en la solapa por aquello de presumir de la lista más vistosa: Gallardón a la Ana Botella, aunque le puede salir un cardo; la Trini, también en Madrid, a los presidentes de gays y lesbianas, que son unos pimpollos; Fraga, que en Galicia deja capón a Cuíña, pringado por el Prestige como un mariposón (déle brea, don Manoliño); y, en fin, aquí mismo Amilivia ha fichado para su candidatura al lanzador mundial de peso Manolo Martínez, a cuyo lado el alcalde parece un alfeñique, dicho sea sin ánimo de ofender, quieto Manolo. El espectáculo de las municipales se está pareciendo bastante a la parodia musical del cantautor Javier Krahe, cuando comparaba la rivalidad del alcalde de Villatripas de Arriba, que mandó colocar una Venus de mármol en el abrevadero, con el de Villatripas de Abajo, que, ante la escasez de recursos, puso a la Jacinta, la moza de mejor pinta, directamente despelotada en el pilón. En la canción no viene quién ganó en aquellas elecciones: sólo se sabe que, después de las vacas locas, los pocos que quedan en la comarca sobreviven mamando como pueden de la Pac. La teoría de las municipales dice que cuando hay que elegir al señor alcalde y sus alguaciles lo lógico es que el pueblo se reuna sin faltar nadie ni a nadie -alrededor de una tartera de patatas con congrio, mejor- para evaluar lo que más aprovecha: Pepe, que es un lanzao para reclamar otra carretera, pero no tiene bachillerato; el Federico, que hizo estudios en la ciudad, pero no tiene lo que el otro y, además, está muy resabiado (las dos cosas se le notan mucho); o, ya puestos en plan progresista, la tía Felisa, que tiene sentido común y todo lo demás bien puesto. Luego, a la hora de votar, se elegía a los tres y, cuando había que hablar con el gobernador por lo de la carretera, platicaba primero Federico, amenazaba con actuar Pepe y terminaba la Felisa negociando un arcén y tres puentes más. A veces uno añora las costumbres ancestrales. Aunque se dió un caso bastante parecido en Puebla de Lillo aún no hace tantos años, allá por los tiempos de la transición. Que nos corrijan los más viejos del lugar, pero por aquel entonces se celebró un concejo abierto en el que, hartos los paisanos de que los partidos les impusieran candidatos, eligieron a uno para que se ofreciera al mejor postor. Se llamaba Antonio, era novio de la hija del secretario del PCE, de la misma quinta que un servidor, y se presentó en el despacho de uno de los hermanos Martín Villa, tras hacerse anunciar como «el nuevo alcalde de Puebla de Lillo». «Vengo a apuntarme a la UCD, porque ustedes son los que mandan y los que más dan», dijo. Pero era tanta la prepotencia del gobierno de la época que lo despidieron. Puede que se acuerde de aquella el delegato territorial Luis Aznar. Qué tiempos, macho. Luego el Antoñito ganó las elecciones, dejó a la novia, se apuntó al PSOE y su pueblo vivió largos años feliz. El también como diputado provincial. A ver si un día de estos llama para contrastar recuerdos. Tiempos aquellos.

¿Quién da la vez?
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