lunes. 04.07.2022

Un virus respiratorio se cuela en la mente

Las imágenes de la memoria. Fotografías para la historia. Dos años de pandemia dejan en el recuerdo el impacto de las ucis, entierros, colas para las vacunas, test masivos, confinamientos, toques de queda, protestas, mascarillas y aislamiento social. ¿Qué huella dejan en nuestra mente? Un psiquiatra y una neuropsicóloga analizan para Diario de León cómo influirán en nuestro comportamiento en el futuro.
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Labores de desinfección durante los primeros días de la pandemia. JESÚS F. SALVADORES

«Lo aprendido y lo vivido en estos dos años de pandemia ya está en nosotros». El psiquiatra del Hospital de León, Antonio Serrano, cree que «sería un error intentar volver a los comportamientos de antes de la pandemia porque no podemos borrar lo vivido. Otra cuestión es lo que hacemos con ese aprendizaje». Las colas para la vacuna, la distancia física, las mascarillas, la desinfección de manos, el distanciamiento físico, los llamamientos masivos para la vacuna y los test de antígenos, las limitaciones para visitar a las personas mayores y todas las medidas tomadas en dos años de pandemia, quedarán para siempre en la memoria. Un virus respiratorio que deja huella en la  mente, aunque la magnitud varía en función de las características personales.

«Los niños de menor edad han vivido la pandemia en un momento crítico para su socialización, creando una normalidad para ellos que dista de lo que debiera ser normal», asegura Julia Gutiérrez Ivars, licenciada en Psicología, Máster en Neuropsicología y especialista en Psicología Clínica con consulta en el Hospital San Juan de Dios.

«Es sensible a partir de los 3 años, cuando la esfera social cobra importancia y precisan de iguales para jugar. Esta carencia repercute en su estado de ánimo, generando ansiedad o problemas de conducta. Están relacionándose prácticamente de forma exclusiva con adultos y mediante pantallas, generando una gran dependencia y creando un concepto equivocado de relación social». La especialista asegura que en los casos más extremos hay conductas regresivas a etapas más inmaduras.

«Cuando estamos en una situación insegura volvemos a situaciones seguras. Los niños que podían haber adquirido el control de esfínteres vuelven a tener dificultades en su control».

"No podemos borrar lo que hemos vivido. Lo normal ahora va a ser nuevo y no hay que tener miedo a los cambios"

La interrupción de la socialización infantil puede desencadenar signos de depresión. «Su edad  les permite mayores grados de conciencia de lo sucedido y presentan mayor ansiedad y temor. En algunos casos se ha encontrado sintomatología similar al trastorno de estrés post traumático».

Los efectos varían en los adultos. «Del miedo y la incertidumbre inicial se ha pasado a irascibilidad, desesperanza y frustración». Deja secuelas psicológicas  y neuropsicológicas en los adultos mayores por el aislamiento y el miedo. «Se nota en los mayores que tenían una patología cognitiva grave, con dificultades en el lenguaje, atención, orientación y memoria, fruto del cambio de rutinas, la pérdida o reducción del contacto social».

Cambio de hábitos

«Sería un error intentar volver a lo de antes. No podemos borrar lo vivido. La cuestión es lo que cada uno hace con ese aprendizaje». El psiquiatra del Hospital de León, Antonio Serrano, se muestra especialmente preocupado por los adolescentes. «Han parado su socialización en un periodo en el que es muy importante para ellos. En los hospitales estamos viendo más urgencias por autolesiones. El paso de la edad infantil a la de adultos necesita un socialización fuera de casa. Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá, pero ya estamos viendo que hay una patología».

Una pandemia que ha introducido comportamientos sociales que llegan para quedarse

El psiquiatra destaca que no se puede separar la salud mental de la física. «Cuerpo y mente van juntos y cuando hay mucho estrés se producen problemas digestivos, de sueño y de tensión arterial». La salud mental, con un aumento de mortalidad por suicidios y morbilidad, es la cuarta ola de la evolución de una pandemia, que comienza con las muertes, el déficit de atención a otras patologías agudas y el déficit de seguimiento de otras enfermedades. «Los sistemas sociales de protección sociales y asistenciales deben mantenerse, para evitar más desastres».

Una pandemia que ha introducido comportamientos sociales que llegan para quedarse. «No se puede borrar lo que hemos aprendido y vivido. La nueva normalidad va a tener conductas nuevas, sería un error volver a lo de antes, no hay que tener miedo a los cambios. Hay hábitos que hemos adquirido que seguirán o no. No tenemos certezas, pero todo lo aprendido queda grabado y ya está en nosotros. Ir de bares, por ejemplo, es un aprendizaje social que no tienen otras personas en otros países, y ese hábito también ha cambiado con la pandemia y ya no es como antes».

Un virus respiratorio se cuela en la mente
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