viernes 3/12/21

e. gancedo | león

Era experto en libros antiguos y fundó la Logia de los Calígrafos. Participó en estafas memorables y llegó al sultanato africano de Zanzíbar perseguido por los nazis. Allí conoció a Walter Benjamin y adoptó personalidades diversas y aun opuestas, colaborando incluso en los procesos de independencia de varios países de habla swahili —por ejemplo, fue estrecho colaborador del primer presidente de Tanzania, Julius Nyerere—. Y tan sólidamente arraigó en aquellas latitudes que hasta la opaca sociedad de brujos isleños le tenía por uno de los suyos.

Respondía al nombre de Juan Ángel Santacruz de Colle, una personalidad tan fascinante como desconocida, nacido en la Sevilla de 1900 pero, como delata su segundo apellido, con orígenes leoneses —aún por afinar la localidad exacta—, que ahora Fernando García Calderón acaba de convertir en aventurera novela, Nadie muere en Zanzíbar (editorial Algaida).

—¿En qué circunstancias se topó usted con los diarios de Juan Ángel Santacruz de Colle y qué conclusión principal sacó tras su lectura?

—Los diarios llegaron a mí en una conversación con mi tía abuela, pocos días antes de su muerte. Ella me contó la visita de un africano que le relató pasajes de la vida de Juan Ángel Santacruz de Colle, un antiguo novio de su hermana. Al finalizar me entregó un cofre hermoso, de madera exótica profusamente decorada, que contenía los diarios. La biografía de este erudito aventurero es un largo y laborioso camino desde el escepticismo hasta el convencimiento de que sólo la cultura, en su más amplio sentido, dignifica al ser humano y lo hace verdaderamente libre. Hay fragmentos de su vida que merecen una novela. Son tan novelescos que costaba creer que fuesen verdad. De ahí que me embarcase en el viaje a Zanzíbar y que repitiese hasta en cuatro ocasiones.

—¿Cómo abordó la tarea de elaborar una novela con ese material? ¿Cómo ordenó o armonizó lo biográfico con lo narrativo, lo ficticio?

—Los cuadernos mostraban un relato lineal al que sólo faltaba el último periodo. Mi trabajo consistió en indagar en las épocas que quedan silenciadas y en convertir el rigor detallista de Santacruz en una novela que, como tal, ha de ser sometida al juicio de los lectores. Debía dotar a mi texto de todo aquello que apreciamos en una novela, desde su clásica estructuración hasta el desarrollo de los personajes, pasando por el hilo argumental, el ritmo y tono de la obra —con sus puntos álgidos en los momentos oportunos— y esa pizca de interés que pretende enganchar a quien penetre en el libro para guiarlo en esta aventura existencial hasta su desenlace.

—¿Cuál ha sido su principal objetivo con esta novela? Es decir, ante todo, ¿qué ha querido conseguir con ella?

—El primer propósito, externo a la novela, era cumplir una promesa in extremis. Me comprometí a evitar que Juan Ángel cayese definitivamente en el olvido. Centrado en la novela, los objetivos de partida fueron los habituales: entretener, emocionar, transmitir cierto mensaje a modo de fondo y trasfondo. La materia prima ayudaba, sin duda. Desde que sale de España, al final de la Guerra Civil, y abandona Europa, Kenia, Tanganica y Zanzíbar serán sus destinos. Conoce parajes únicos, desarrolla una intensa doble vida, participa en la independencia de los países de la llamada costa swahili… Si me preguntas por el trasfondo de la propia obra, te diré que Nadie muere en Zanzíbar representa mi modesta Ítaca, la meta para un regreso.

—Háblanos de los orígenes leoneses de Juan Ángel Santacruz de Colle.

—Lo cierto es que no sé con exactitud de dónde procedían sus mayores. Juan Ángel no dedica demasiados párrafos a su ascendencia. Su madre murió siendo niño. Su abuelo alcanzó prestigio como ebanista. Mi tía me comentó que los De Colle debieron sufrir la diáspora de la guerra. Pensaba que regresaron a su tierra leonesa o que marcharon al exilio. Mi familia pasó esos años en un pueblo de la provincia. Al inicio de la década de los cuarenta, cuando volvió a Sevilla, ya no supo de ninguno de ellos. Las informaciones que le llegaron hablaban del fusilamiento de Juan Ángel y así quedó la cosa durante cuatro décadas. Lo curioso en Santacruz es que, tan alejado de sus raíces, guardó recuerdo de algo que entusiasmaba a los chiquillos de su nueva patria. Cuando Ferdinand Okello visita a mi tía, le habla de las historias que don Juan les contaba de críos y destaca el recuerdo de una región mágica, extraña como el Kilimanjaro. Un mundo donde el blanco era el único color, donde los animales vivían bajo la nieve y se caminaba sobre los ríos porque se convertían en hielo. Son unos párrafos muy emotivos en la novela, con una descripción que parece de cuento.

—No es muy habitual encontrar occidentales tan claramente posicionados del lado de los pueblos africanos, ¿verdad?

—En lo que he podido documentar, al hilo de lo recogido en los cuadernos, son pocos los que toman partido en Zanzíbar, que era un sultanato bajo protectorado británico. Sin embargo, en Tanganica hubo personas que trabajaron abiertamente o en la sombra a favor de Julius Nyerere. En la novela aparecen un puñado de gran significación. En los occidentales afincados en las colonias se produce la eterna disyuntiva entre el interés particular y el bien común. Juan Ángel, que convive con los nativos y acaba casándose en una boda swahili, rompe la barrera social.

—¿Cuál fue la peculiaridad más significativa, desde su punto de vista, de Juan Ángel Santacruz de Colle?

—Juan Ángel, tal como yo lo he venido percibiendo, fue un hombre de notables cualidades. Pero si he de destacar solamente una peculiaridad suya, escogería en concreto su capacidad, casi infantil, para dar por seguro que logrará aquello en lo que cree firmemente. Él no se amilanaba nunca por la dimensión o por la dificultad del objetivo que tenía en la mente.

«La vida del leonés Santacruz es tan novelesca que cuesta creerla»
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