miércoles. 01.02.2023

Tempero

Fermín Herrero. Premio de Poesía Ciudad de Valencia «Alfons el Magnànim, Hiperión, Madrid, 2011. 86 pp.

En una entrevista publicada en Filandón, Fermín Herrero indicaba su empeño en dejar memoria poética de un mundo perdido, rural, el de su infancia, del que aprendió dos cosas fundamentales: la humildad y la pobreza. Tal empeño puede apreciarse en cualquiera de sus libros, Echarse al monte (1997), Tierras altas (2006) o De la letra menuda (2009), entre otros; y de él queremos dejar constancia en esta reseña de Tempero, su último poemario.

Uno de los poemas de Tempero brota en contacto con la nieve que va cubriéndolo todo, al tiempo que el silencio se extiende sobre el campo. Soledad y silencio. Y el recuerdo: algunas ráfagas de infancia. Pero la luz que cae sobre lo blanco semeja el nacimiento del mundo, la luz primera, lo recién creado. Por dentro, en el alma, cuaja un sentimiento de levedad, de vuelo, de ascensión. Como se puede apreciar en esta paráfrasis, los poemas nacen de la vivencia de un paisaje cercano, de una naturaleza sentida muy dentro, pues son expresión de una emoción que afirma a uno en lo esencial, que le hace olvidarse de los dañino y dejar a un lado lo que inquieta, sentirse reconfortado, seguro, ajeno a cualquier sentimiento de orgullo o presunción. Aunque el paisaje sea conocido, recorrido, recordado, parece como si la visión del mismo se renovara cada día, en cada mirada, una mirada que es también gozo presente y «rumor de infancia», a la vez que sensación de plenitud. La emoción poética abriga una veta reflexiva pues el poeta no olvida nunca el ser en transcurso que es el hombre. Unas acacias, por ejemplo, nos hacen retornar «a la luz que perdimos», la de la infancia rural. El paseo por un paisaje natural entrañado en uno mismo es, además de fruición y soledad, ocasión para la meditación que tampoco quiere llenar el poema, sino aparecer como ráfagas que iluminan una breve verdad a su paso; o ennegrecen una vivencia, como ocurre en «Campanario», donde el sonido de estas unen pasado y futuro: «Campanas al viento, volteando / de crío, y algún día doblando por mí».

Sencillez y emoción son palabras que convienen a la poesía de Fermín Herrero. Respiran sus versos amor a la tierra, al pájaro que voló y vuela, a la nube que pasó y sigue pasando, a la nieve que cayó y no dejará de caer en la memoria, al pueblo de la infancia, en suma: memoria y deseo. Algún aire proustiano recorre esta poesía. «El olor de la tierra cuando llueve» permanece siempre en la memoria; «Conservo aquel sabor», dice otro poema; ese olor o ese sabor o ese sonido es lo que perdura como «regusto del edén». Sabe el poeta los peligros que encierra la añoranza o la vivencia del instante como si fuera eterno: «Las evocaciones no son de fiar, aunque / ayuden, alivien. Son viento»; y en cuanto la belleza es pensada, «qué triste la alegría, cuánta melancolía de antemano», pues el tiempo no cesa en su pasar. Junto a la emoción, la sencillez que no ostenta el artificio, pues para el poeta que mira y admira «basta la atención sin adjetivos»; el verso de Herrero discurre acordado con el paisaje austero que canta, en el que, pese a su humildad, nada se echa de menos, en el que se busca el tempero del alma. Pero dentro de esa sencillez, celebrada por la crítica, el poeta ha cuidado con esmero la organización del libro: cuatro partes, como si se correspondieran con las estaciones del año, con quince poemas cada parte; a su vez, cada poema consta de diez versos que tienden hacia la forma del alejandrino: seiscientos versos por lo tanto que acompañan nuestro paso de lectores ganados por la emoción sencilla que ellos exhalan.

Cuando menos que sea cántico, nunca queja
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