sábado 27/11/21
                      Irmgard Furchner ayer, durante el juicio. CHRISTIAN CHARISIUS
Irmgard Furchner ayer, durante el juicio. CHRISTIAN CHARISIUS

La expectación ayer ante la comparecencia de Irmgard Furchner, de 96 años, era enorme. Decenas cámaras trataban de captar imágenes de la anciana ante el tribunal alemán que la juzga por complicidad en la muerte de 11.380 presos. Pero la acusada, en silla de ruedas, compareció con la cabeza cubierta hasta la frente por un gran pañuelo, lo que junto con la prescriptiva mascarilla preservaba su rostro.

El suyo es uno entre la veintena de juicios tardíos por complicidad en crímenes nazis abiertos en los últimos diez años por Alemania. Su caso era especialmente mediático por el intento de fuga protagonizado por la procesada el 30 de septiembre pasado, día marcado para la primera vista. Ayer, Irmgard Furchner tomó un taxi en la puerta del asilo de ancianos donde reside, en las afueras de Hamburgo y se bajó en una estación de metro. Poco después fue detenida en el centro de la ciudad y trasladada a un centro penitenciario, donde permaneció unos días.

Poco antes había escrito una carta a mano a la Audiencia Provincial de Itzehoe, en el norte de Alemania, pidiendo ser eximida de comparecer personalmente. A Furchner se le imputa complicidad por el asesinato de presos mientras ella trabajó como mecanógrafa y secretaria del campo de concentración de Stutthof, junto a Gdansk, en la Polonia ocupada.

No es la primera vez que comparece ante la justicia. Lo hizo en 1954, entonces como testigo en un proceso por crímenes del nazismo. También testificó en el juicio contra quien fue su jefe, el comandante Werner Klaus Hoppe, condenado en 1957 a nueve años de cárcel.

Stutthof no fue un gran campo de exterminio nazi como Auschwitz. Tenía cámaras de gas, pero la mayoría de los 65.000 presos que murieron ahí fue a consecuencia de las condiciones inhumanas del lugar. Furchner trabajó en ese lugar entre junio de 1943 y abril de 1945. Entró con 18 años y salió a los 19, lo que hace que la juzgue un tribunal de menores, puesto que eso era entonces.

Ya en los años 50, como testigo, afirmó no tener nada que ver con los crímenes de ese campo. Pero para la Fiscalía que ha instruido el proceso actual sí formó parte de la maquinaria nazi. Como mecanógrafa le correspondió escribir las listas de presos, constatar su transporte al campo, ingreso y final. También escribió los discursos o las instrucciones dictadas por su jefe. Desde su escritorio tenía que ver necesariamente lo que ocurría en el campo. Contribuyó al funcionamiento del aparato de la muerte nazi.

Que se le abra proceso ahora se debe principalmente al precedente marcado en 2011 por la condena a cinco años de cárcel contra John Demjanjuk, el ucraniano a quien la justicia alemana extraditó desde Estados Unidos, donde vivía exiliado desde los años 50. A Demjanjuk se le imputó complicidad en el asesinato de unos 28.000 confinados de Sobibor, otro campo nazi de la Polonia ocupada, donde había servido como guarda voluntario. Agotó todos los recursos contra su entrega a Alemania, asistió a su juicio en camilla, no pronunció ni una palabra en todo el proceso, que además estuvo marcado por sucesivas interrupciones por razones de salud. Finalmente, no llegó a ingresar en la cárcel, sino que murió en un asilo diez meses después de escuchar sentencia. Sin embargo, sí sentó jurisprudencia

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